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La Península Mitre y el Faro de Cabo San Pío

Cuando yo era un pequeño humano, mi náutico padre me llevó en uno de sus largos navales viajes a Isla Navarino, en el sur de Chile y del planeta mismo, allá en los lares de Tierra del Fuego donde no hay fuego.  ¿Qué cosas, no? 

Este viaje fué providencial para mi memoria porque años después, cuando era más loco y aventurero, me acordé de una osada conversación que mi padre tuvo con otros marinos de la tripulación de aquel entonces.  Ellos estaban considerando la posibilidad de viajar por un par de días a la Península Mitre en Argentina ya que estaríamos fondeados en la Isla Navarino por alrededor de una semana, y con esto, habría el tiempo suficiente para una rápida visita.  La Isla Navarino está ubicada exactamente al nor-oeste de la Península Mitre, y la excursión sería cruzar a la ciudad de Ushuaia en Argentina, y emprender rumbo al sur hacia la península, a este antiguo dominio de los indios Onas; conocidos antiguamente como la gente Selk'nam. 

La razón de la que me puedo acordar para justificar y realizar este improvisado viaje, fué que uno de la tripulación mencionó que esos lugares eran hermosísimos y muy poco frecuentados, y que no se produciría otra vez la oportunidad de poder viajar allí si no lo hacían en ese momento.  ¡La emoción estaba en el aire!  Pero duró poco.  El viento del Sur es fuerte y constante, así que se llevó rápidamente las emociones y el entusiasmo enredado en su álgido ulular hacia el glacial confín de la península.  El viaje nunca ocurrió.  No sé de las razones que desbarataron los planes, pero en mi memoria ese recuerdo se quedó pegado como Patella Vulgata a la roca: La Península Mitre y el Cabo San Pío.  Años después, ese incisivo recuerdo me llevó una vez más a los remotos y fríos lugares del planeta.

La conversación de la tripulación hablaba de lo que encontrarían en Mitre: enormes colonias de aves australes, nutridos asentamientos de grandes mamíferos marinos, asimismo como grandes extensiones de pardos turbales, esos intermitentes pantanos faltos de oxígeno llamados "humedales", y las cavernas más australes del globo.  Esto es suficiente para que mi espíritu se embarque prestamente en una jornada de otra forastera, atolondrada  e irreflexiva aventura.  La meta sería llegar al faro de Cabo San Pío, y regresar sin decir ni pío.

Créanlo o nó, el tiempo pasa...

Años después junto con otros tres amigos locos, emprendimos una meridional jornada de descubrimiento hacia el austral Cabo San Pío.  La primera parte de la jornada fué establecer una base de operaciones en la ciudad Argentina de Ushuaia.  Allí dejaríamos algunos pertrechos y otros enseres y adminículos que no necesitaríamos para el viaje.  Llegar al Cabo San Pío era un desafío fenomenal porque según recuerdo (a esta edad la memoria a veces me juega pasodobles) no había caminos civilizados que llegasen a la península por el lado Oeste de Argentina, el lado donde nos encontrábamos.   

La Península Mitre en Tierra del Fuego se encuentra a unos 210 kilómetros de Ushuaia, y el faro San Pío, se sienta enfrente de Isla Nueva, la que está en territorio marítimo chileno.  No hay caminos que lleven humanos civilizados para esos lares.  Hay que seguir los senderos de los guanacos porque son lo únicos animales de cuatro patas que viven allí.  Hay muchos pájaros, peces y lobos marinos, y uno que otro gaucho argentino perdido buscando a Martín Fierro; pero éstos no dejan huellas o senderos en tierra, sino que en el agua como Joan Manuel Serrat i Teresa que deja senderos en la mar.  Éste cantante y poeta ya nos había advertido: “caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.  

Bajo estas circunstancias, llegar a pie al Cabo San Pío es imposible, así que el plan era cubrir la mayor parte de la jornada en una chalúa desde Ushuaia hacia las Islas Tierra del Fuego, frente a la comuna de Cabo de Hornos en el lado chileno, hasta pasar la chilena Isla Picton.  Para lograr esto, tendríamos que encontrar a Barba Negra, a Francis Drake; o a algún chalupero argentino más demente que nosotros y que osase aventurarse en tamaña locura.  Este tipo de riesgos ha sido siempre la vid de mi vida.

El dinero no habla; sino que aúlla.  No nos costó mucho encontrar un osado y loco marinero que por el precio justo, nos llevase en nuestra correría.  Dijo que su nombre era Yehuin.  Yehuin era un tipo bastante pataco y fornido, con escasos dientes, pero con una sonrisa y un sentido del humor estupendos.  Años después descubrí que “Yehuin” es el nombre de un lago en Tierra del Fuego.  Yehuin era “papichento”(1).  Nombre o nó, este singular seudónimo me recordó al personaje “Laguna” del cuento de Manuel Rojas, aunque físicamente, ambos eran diametralmente opuestos.  Eran los comienzos del mes de Febrero, y las temperaturas oscilaban entre lo civilizado y lo político (también hubo días de mierda). 

(1)  Prognatismo.  Es el tener la mandíbula inferior prominente, superando en rango a la floja mandíbula superior.  Esto causa algunas deficiencias eco-reverberantes de pronunciación al hablar. La gente papichenta no puede mantener la boca abierta en los días de lluvia, porque se pueden ahogar.

Yehuin era muy diligente y confiable, y siempre te miraba con una sonrisa con la boca semi abierta exhibiendo aquel indigente y diseminado bosque de dientes que poseía.  Después de alinear planes y pagos, Yehuin nos mostró su argonauta nave.  Atada a un molo de palos estaba la flotante embarcación.  Era una extraña mezcla entre un remolcador, un pontón, y el Arca de Noé.  De alguna forma extraña, este bastimento emulaba el físico de Yehuin.  La embarcación era bastante amplia y con camarotes para seis.  No tenía baño el bajel éste, así que las transacciones intestinales y de la pilcha, había que hacerlas siempre a sotavento –popa o proa--, porque a barlovento; la tembleque micción y los “depósitos a la fuerza” caerían irremediablemente sobre cubierta.   

Zarpamos una antártica mañana de Febrero como a eso de las seis de la madrugada.  El viento silbaba helado y las aguas del estrecho estaban pesadas.  Los pájaros estaban callados esperando a que el sol se asomase por la frontera Este.  La embarcación poseía un pequeño y viejo motor diesel de dos tiempos que ronroneaba a patadas fatigosamente mientras que se adentraba seguro en las entumecidas aguas del canal Beagle. 

- ¡El viaje será largo! – dijo Yehuin mientras piloteaba la nave hacia la oscura boca del canal.

Todos asentimos con la cabeza.  Era demasiado temprano para hablar, y el café recién se estaba filtrando en la vieja y abollada cafetera.  También había mate, pero no era apto para nuestras mañanas.  El insistente martilleo del motor se fué desvaneciendo paulatinamente a medida de que nos acostumbrábamos a él, hasta que se hizo inaudible para nuestros oídos.   Ahora oía el embate de la metálica proa del Patoruzú(2) en contra de las menudas olas que cortaba en su avance.  El sol comenzaba a iluminar este lejano punto del planeta, y con la luz crepuscular, las siluetas de la costa se comenzaban a definir contra el inseguro y borroso telón de la bruma.

(2) Patoruzú es un cacique Tehuelche, un personaje cómico Argentino que vive en la Patagonia.   Patoruzú fue creado por Dante Quinterno en 1928, y es considerado el héroe más popular de la historieta argentina.

Este lanchón con semejante nombre seguía impávido su rumbo, y después de bebernos un buen café y comer unos bocadillos, estábamos más despiertos para disfrutar del paisaje.  Había unas toninas acompañándonos y que jugaban con el rompeolas de la proa, en lontananza, se vislumbraba una manada de lobos marinos descansando en una de las muchas playas que hay a lo largo del canal Beagle.  La travesía me trajo a la memoria los indios Alacalufes que una vez visité con mi argonauta padre en la Angostura Inglesa, en el Golfo de Penas, y de los Yaganes que habitaban aún más al sur.  Estas poblaciones indígenas datan desde hace más de 6.000 años.  Me paré contemplativo en la popa del Patoruzú, y miré la revuelta estela llena de danzantes burbujas que su ocupada hélice dejaba en el agua.  El alba seguía fría, opaca y húmeda.

Los primeros Alacalufes que conocí, los encontré en la Angostura Inglesa, que es la continuación del Canal Messier hacia el Sur.  A los Alacalufe se les conoce también como la gente Kawésqar, que en el lenguaje Yagán significa “comedores de moluscos”.  ¿Qué cosas, no? 

Navegamos casi todo el día.  De vez en cuando nos cruzábamos con algunas canoas y esquifes tripulados por aborígenes que nos saludaban a lo lejos agitando sus manos abiertas.  Las gaviotas ahora estaban más bulliciosas volando por sobre nuestras cabezas y tratando de mantener la baja velocidad del Patoruzú”.  La geografía del lugar parecía desolada.  Vimos algunos naufragios viejísimos varados en las orillas del estrecho.  Pensaba en qué habrá sentido Hernando de Magallanes cuando navegó por primera vez estas mágicas latitudes al servicio de Carlos I.  Me interpelo por qué Hernando “de Magallanes” se llamaba así.  Él no era de Magallanes, era de una localidad llamada Vila Sabrosa, en Portugal por allá por el año 1480.  Debería haberse llamado Hernando De Vila Sabra, o Hernando el Sabroso.  ¿Qué cosas, no?

Embrollo

Nuestros grandes y ambiciosos planes se comenzaron a desbaratar durante la última parte de aquel primer día de navegación, antes de llegar a las Islas Tierra del Fuego, aquellas que se encuentran en el medio del Canal Beagle en el lado Argentino.  La posición de la isla angosta el paso del estrecho en ese tramo, haciendo que sus aguas fluyan a gran velocidad hacia el Sur, lo que hace la navegación sumamente peligrosa.  Llevábamos ya varias horas de asengladura.  De pronto oí la voz de Yehuin:

- ¡Hora de parar! – Vociferó Yehuin – ¡La marea está alta y es mejor que esperemos la marea baja!

- ¿Cuándo será eso? – uno de nosotros preguntó.

- Mañana –respondió Yehuin haciendo una mueca de resignación.  - Vamos a atracar –agregó mostrando su desolada formación de adarajas y apuntando hacia la oscuridad con un dedo gordo como un bulldog sin patas, y comenzó a buscar una ensenada alrededor de la isla grande cuya figura ya se recortaba enfrente de nosotros.  Esta gran isla es la primera isla del pequeño archipiélago de las Islas de Tierra del Fuego.  ¿Mencioné que en estas regiones no hay fuego por ningún lado?

No estábamos muy contentos con la decisión porque queríamos avanzar más hacia el sur, pero Yehuin se mostró inflexible a nuestras demandas.  Inmediatamente redujo la velocidad linear de la embarcación a un paso perezoso, indolente y apático; y con la parsimonia de la ancianidad, siguió piloteando la barcaza por una angosta boca del Estrecho.  Después de más de una hora de lentas y repetitivas maniobras, fondeó remisamente el bote en un meandro del litoral.  La oscuridad de la noche ya se enseñoreaba en estas latitudes, y la ensenada en la que nos adentrábamos, estaba oscura como conciencia de político.  Sin más remedio que esperar el siguiente día, tomamos turnos para visitar sotavento.  Fuimos todos, menos uno de nosotros.

Después, preparamos una escueta y lacónica cena de campaña que consistía en pescado frito, huevos fritos, papas fritas, y empanadas de queso fritas.  Lo único que no estaba “frito”, éramos nosotros.  Todavía.  Fallamos en reconocer que toda esta fritura era un presagio de mal agüero.  Tuvimos una animada conversación sobre la cena, donde Yehuin se relajó un poco bajo la indolente presión etílica del trago, y nos contó de algunas de sus aventuras por los canales del Beagle.  Había vino, cerveza en tarros, y una botella de Pisco para emergencias.  Había otra botella en el botiquín en caso de catástrofe.  Estábamos preparados.

Durante la pseudo-cena, escuchábamos atentamente de Yehuin los relatos de algunas de sus espeluznantes historias acerca de sus aventuras por el Beagle que envolvía desde sardinas a sirenas.  Después de escucharlo por bastante rato, noté algo que me incomodó: me entró la severa duda de que Yehuin fuese argentino.  Yehuin no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, no lo escuché ni una sola vez decir: “¿Viste?”.  Ésta es una clara e inconfundible característica eco-acústica-ocular típica del argentino-parlante.  La falta de esta expresión verbal en un legítimo argentino es muy grave y sospechosa.  ¡Es como si un chileno no dijese “huevón”!

No le dí mucha importancia al asunto porque lo más fundamental después de la cena en ese momento, era el Pisco.  Esa noche nos fuimos a dormir temprano en los incómodos y reducidos camastros.  Los únicos sonidos que se escuchaban era el reverberante resonar de las olas contra las hoscas arenas de la playa, y el tosco jadeo del motor en neutro.   A esta alta hora de la noche, Yehuin visitó sotavento. 

No sé cuánto tiempo pasó, pero me desperté sobresaltado al oír una angustiosa voz pidiendo ayuda.  Me alcé a mirar por la claraboya a través del caramanchel, pero todo estaba más negro que yogurt de alquitrán, y no se veía nada.  Todos nos levantamos rápidamente, cogimos nuestras linternas y salimos a cubierta a averiguar de qué se trataba el jaleo.  Sobre cubierta había una egoísta, desvergonzada y sucia ampolleta que sólo podía alumbrar un irrisorio espacio.  Me trajo a la memoria el cura de mi pueblo.  Noté que había un viento helado bastante enérgico, y que el Patoruzú se bamboleaba brioso a diestra y siniestra.  Cuando descubrimos que los angustiados alaridos provenían de la proa del barco, dirigimos el haz de luz de nuestras linternas hacia el origen de los gritos. 

Y ahí estaba.  Sentado compungidamente en la borda y con los cachetes al aire colgando de la salobre balaustrada hacia sotavento.  Era el gil que no visitó sotavento antes de irnos a dormir.  Era una escena cómica: con una mano se afirmaba desesperadamente de una “maceta de aforrar”(3), y con la otra trataba de mantener el equilibrio en la borda para no irse de espaldas al agua.  Tenía uno de los pasadores del pantalón atascado en un garfio de amarra, y no se podía bajar de la corta eslora, ni sacarse los pantalones para salir de esa indigna posición. 

(3)  Maceta de aforrar o Mandarria.  Este vocablo náutico es un diminutivo de la palabra: maza (martinete o cachiporra).  Es un cilindro de madera que se usa para amarrar y asegurar las jarcias, y también para fragmentarle o desintegrarle el cráneo al prójimo.  Las malas lenguas dicen que tiene otras aplicaciones, especialmente en las mareas muy largas, pero no quiero meterme en esto.  En los botes y veleros pitucos se le conoce como “Cabilla”.  ¿Qué cosas, no?

Cuando nos reíamos a carcajadas, el acongojado tipo grita:

- ¡Necesito papel “confort!” (Expresión chilena para papel higiénico)
- ¿Y por qué no trajiste? – Objetó una voz.
- ¡Sí traje huevón, pero el viento se lo llevó! – Explosivas risas se oyeron en el segundo plano.
- ¡Ya po’s huevones!  ¡Tráiganme papel!  - Chillaba el hombre con la angustia del abandono.
- ¡Tenemos lija no más! – Dijo otro iluminado del grupo.
- ¡Puta! ¡No weís más po’s huevón y trae papel! – La delirante voz reclamaba agitada.
- ¡Ya, huevón, ya! – Dijo otro mientras se dirigía a buscar este necesario rollo de papiro fecal.

La embarcación se sacudía cada vez más intensamente haciéndonos difícil mantener el equilibrio en la mojada y resbaladiza superficie de la cubierta.  El sujeto en cuestión con los pantalones a media asta  se cabeceaba peligrosamente en el filo de la borda, y oscilaba cada vez más ampliamente.  Las olas ahora se reventaban coléricas y violentas contra el casco del bastimento, haciendo que el agua salpicara por todas partes, entorpeciendo nuestra visión y desestabilizando nuestro precario equilibrio.

- ¡Parece que tenemos un temporal fuerte! – Gritó Yehuin con una voz grave y seria, quien hasta ahora no había dicho ni hecho nada, aparte de reírse a carcajadas de la cariacontecida condición de nuestro compañero de viaje. 

La cosa se estaba poniendo color de hormiga.  El agua del canal se encaramaba por ambas bandas bañando la cubierta de lado a lado mientras que el buquecito se escoraba sin piedad.  La cubierta estaba tan resbalosa como ética de abogado deshonesto, y no nos permitía acercarnos a socorrer a nuestro compinche en apuros sin caernos, o arriesgarnos a caer por la borda.  Yehuin desapareció hacia popa mientras gritaba algo acerca de ver que no se enredasen los amarres del anclaje.  Esto era importante porque la pedregosa batimetría del canal es de alrededor de 150 metros de profundidad.

Sin duda parecía uno de esos temporales dignos del Golfo de Penas.  Siempre me había preguntado cómo diablos este golfo adquirió semejante nombre, pero parecía obvio al observar la tempestad.  El Golfo de Penas es la ensenada del Pacífico entre el cabo de Tres Montes y las islas de Guayaneco, donde se les hacía penosa la navegación a las antiguas pequeñas embarcaciones que solían atravesarlo.

Como lo mencioné antes, la cosa se estaba poniendo color de hormiga (4).  El viento soplaba endemoniado y comenzó a llover.  La lluvia era gruesa y caía de lado empujada por el ventisquero, y nos golpeaba la cara como un manojo de agujas.  Nuestro defecante compañero estaba a punto de perder el equilibrio y caer por la borda, pero no podíamos socorrerlo porque no podíamos llegar hasta él.  La cubierta ahora estaba más resbalosa que lengua de político y no podíamos avanzar hacia él.  Éste nos miraba con una cara de pánico absoluto y más preocupado que madre de torero inepto.

(4)  La expresión “color de hormiga” significa que algo tiene mal aspecto, o que presagia dificultades o graves problemas; pero no tengo la más peregrina ni errabunda idea de donde salió, ni de como se originó este dicho.

Contratiempos y Percances

De pronto se oyó una sorda explosión seguida de unos alaridos incomprensibles que salían de la aguardentosa garganta de Yehuin.  

- ¡Se cortó la espía!, ¡Se cortó la espía!(5) – gritaba con los ojos desorbitados mirándonos como si estuviera haciendo una encuesta.

(5)  Una “espía” de amarre en términos náuticos es una gruesa cuerda de amarre, la que se asegura a una bita para mantener las embarcaciones fijas al muelle.  Nuestra espía estaba sujeta al ancla.

Creo que el único del grupo que sabía lo que era una espía era yo.  Sabiendo esto, se me heló la pajarilla.  Con el viento, la lluvia y las bajas temperaturas yo ya estaba helado, pero en ese momento, la pajarilla lo estuvo más.  ¡Esto significaba que nuestra embarcación estaba a la deriva!  Yehuin se daba más vueltas que un mojón en el agua tratando de destrancar un ancla de suplemento que llevábamos a bordo, pero sus esfuerzos eran inútiles.  El ancla estaba definitivamente atollada y no había nada que la hiciese desistir.

En medio de este desconcierto se oyó un grito de alarma:

- ¡El Silvio se cayó al agua!

No había mencionado antes el nombre de este consternado ciudadano porque el llamarse inverecundamente: “Silvio” en público; puede ser muy bochornoso.

Aparentemente el frágil pasador del pantalón que estaba enredado en el garfio de amarre se reventó súbitamente con uno de los violentos corcoveos del Patoruzú”, y Silvio se fué guarda abajo a poto pelado desapareciendo en las turbias y heladas aguas del golfo.  Afortunadamente (o nó), estábamos peligrosamente cerca de la playa, así que Silvio fué capaz de nadar hasta ésta, y escapar del peligro.  Seguía a poto pelado porque entre la caída al agua y la nadada a la playa, misteriosamente perdió los pantalones y los calzoncillos.

Ésta era la menor de nuestras preocupaciones.  El Patoruzú comenzó a zarandearse en todas direcciones mientras que Yehuin gritaba:

- ¡Vamos a encallar!, ¡Vamos a encallar! 

No se veía ni mierda.  La noche estaba  más oscura que la de “El Tortillero”, el temporal se acentuaba, la lluvia se intensificaba, y la marea se violentaba, y por desgracia, ¡otro gil se nos cayó por la borda!

- ¡Agarrarse mierda! – gritaba Yehuin colérico mientras se sujetaba con una mano a la cabeza una gorra marinera más sucia y grasienta que conciencia de fraile, a la vez que maniobraba desesperadamente el timón que parecía no hacerle caso para nada.  El barco seguía derivando hacia una masa negra que sobresalía del agua y que se recortaba contra las estrellas del firmamento, allá arriba. 

- ¡El Panqueque se cayó al agua! – bramó una voz preocupada.

Traté de mirar por la borda, y apenas pude vislumbrar al Panqueque nadando apurado hacia la playa, alumbrado por la violenta y mortecina luz de los relámpagos que azotaban esporádicamente la noche y que se escabullían prestos por entre las negras tormentosas nubes.  Le decían Panqueque porque era medio “dulce”.  Un nuevo relámpago alumbró la noche y también los blancos nudillos de mis puños aferrándose a una jarcia suelta.  Mi pajarilla no estaba solamente helada, ¡ahora se había puesto dura!  Aquí es cuando me doy cuenta de que estoy verdaderamente loco, porque bajo estas apremiantes circunstancias, me estaba divirtiendo secretamente.  ¿Qué cosas, no?

Entre este tremendo y desorganizado bochinche, perdí de vista al “Anchoa”, nuestro otro compañero.  Le llamaban “Anchoa” porque tenía cara de pescado y olía como una de ellas.  Traté de escudriñar a proa y a popa, pero no pude verlo. 

- ¡Yehuin!, ¿Hay visto al Anchoa? –grité preocupado sin poder ver a Yehuin.

Pasaron varios segundos nerviosos y escuche a Yehuin decir:

- ¡Se debe haber caído por la borda! – de pronto contesto Yehuin con una voz poco preocupada de cualquier otra cosa que no fuese su anclote de provisión.

Este asunto no se veía nada de bien, con tres en el agua la cosa ya no era aventura, sino que desventura.  Avancé hacia el entrepuente como pude y sin soltarme de mis apoyos para no terminar en el agua.  A duros esfuerzos llegué a la entrada y me asome a ver si podía ver algo con la escasa luz que la ampolleta desgraciada daba.  Y ahí lo ví: el Anchoa estaba de espaldas sobre el piso entre una mesa y unas cajas que se habían desestibado y danzaban al ritmo del Patoruzú”.  Estaba aturdido.

- ¡Encontré al Anchoa! – grité desahogado esperando que Yehuin me escuchase, pero Yehuin nunca contestó.

Rápidamente me dediqué a socorrerlo, pero era difícil la maniobra con todo el meneo alrededor mío, y además que el Anchoa era medio guatón, y pesaba más que la pena del pobre.  Finalmente pude agarrarlo de la guerrera y traté de levantarlo del piso.  Con gran esfuerzo pude apuntalarlo en una de las sillas apernadas al piso.  Tenía un chichón mayúsculo en la frente y estaba más lacio que pulpo desmayado.  No supe cómo ni cuándo se golpeó, o qué estaba haciendo cuando pasó, pero no había tiempo de averiguaciones así que lo amarré a la silla con una sirga para que no se cayera otra vez.  Fué un alivio el saber que no se había caído al agua.

Unos segundos más tarde, un tremendo e irascible sacudón remeció al  Patoruzú de proa a popa, y de babor a estribor.  La violencia del impacto nos envió a todos al piso de la cubierta, y prontamente el Patoruzú dejó de sacudirse.  Habíamos varado en la arenosa playa y el Patoruzú comenzó a escorarse  amenazadoramente sobre la borda de estribor.  Se oyó un dramático y enorme crujido, y el Patoruzú dejó de moverse completamente.  Después de unos tensos momentos en que nos percatamos de que estaríamos seguros ya que el barquito estaba encallado y sin destino, nos preocupamos de los giles que se habían caído al agua. 

Como ya estábamos en contacto con la playa, entre la oscuridad y la bulliciosa tormenta, los izamos a bordo con Yahuin a ambos quienes tiritaban de frío como virgen en celo, le pasamos un mameluco a Silvio para que cubriera su mohicano, y todos nos parapetamos bajo cubierta.  El Anchoa seguía desmayado.  Estábamos incómodos porque el barquichuelo estaba capotado y nada estaba horizontal.  Mientras estábamos ocupados tratando de acomodarnos, Yehuin se asomó sonriente por el dintel del camarote, y alzando la abollada cafetera en su mano izquierda, inquirió por entre su valle dental:

 ¡Ché! ¿Quién quiere café?

El café fué bienvenido.  Sorbimos el caliente brebaje, nos arropamos, y tratamos de dormir mientras que nerviosos y desvelados esperamos el arribo de la siguiente madrugada.

No era lo que yo quería.

La aurora nos recibió con un tenue sol y una suave brisa.  Nos levantamos y salimos a la inclinada cubierta.  Yehuin nos salió al encuentro diciéndonos que había hecho contacto radial, y que seríamos rescatados en un par de horas.  El Anchoa estaba despierto y no se acordaba de qué fué lo que le pasó.  Nos preguntaba que había pasado mientras se acariciaba el chichón de la frente.  Antes de poder ponerlo al día de los hechos acontecidos la noche precedente, Yehuin interrumpió:

Hay un compadrito amigo mío que los puede llevar al Faro de Cabo San Pío, -y luego agregó- No creo que el Patoruzú pueda continuar.  Pero no se preocupen, el seguro pagará los daños. –

Seguidamente, se fué a sentar sobre el huinche de popa a fumarse un rollo de algo que nunca supe lo que fué, pero que olía peor que aliento de abogado deshonesto.

Silvio y el otro gil (el Panqueque) que se cayó al agua estaban mal.  Ambos tenían fiebre y estaban tosiendo como gato viejo.  Esto nos preocupó.  Estábamos en el culo del mundo y nuestro botiquín de campaña no estaba preparado para esto.  Además, el chichón del Anchoa se resistía a desinflarse a pesar de la compresa de Agua de Árnica que le pusimos en la frente.  En vista de la apremiante situación y después de un breve conciliábulo de camarilla, decidimos volver a Ushuaia para darle el cuidado apropiado a nuestras bajas, y así evitar que la situación se agravara aún más.  Lo peor de todo fué que no pudimos encontrar la botella de Pisco de Emergencia. 

La cuadrilla  de rescate arribó en un par de remolcadores alrededor de unas dos horas después.  Luego de darles algunos primeros auxilios a nuestros machucados y lastimados exploradores de salón, nos transbordaron a una de sus embarcaciones, e iniciamos el cabotaje de regreso a la civilización, mientras el otro remolcador socorrería a Yehuin.  Antes de zarpar, Yehuin salto ágilmente desde el Patoruzú a la cubierta de nuestro remolcador, y nos dió un sentido abrazo de despedida a cada uno de nosotros.  Buen chato este Yehuin, pensé en introspectiva.

La isla grande de las Islas Tierra del Fuego fué alejándose paulatinamente a nuestras espaldas mientras nos dirigíamos hacia el Norte en busca de Ushuaia.  Apoyado en la balaustrada de estribor, me dediqué a mirar a las juguetonas toninas que habían vuelto a jugar con nosotros entre los alegres graznidos de las gaviotas que sobrevolaban nuestra barca.  Hacia popa solo se veía la blanca estela de espuma que dejaba la poderosa hélice del remolcador.  El cielo estaba limpio.

Me sentía un poco culpable porque embarqué a estos marineros de salón en una aventura que les quedó grande, y en la que todos salieron machucados, menos yo.  Me acordé del Capitán Araya...

Nunca llegué a la Península Mitre y nunca llegué a conocer el Faro de Cabo San Pío.  Y entre las olas y el áspero bufido del motor del remolcador, regresamos taciturnos a la Isla Navarino; sin decir ni pío.  Como si todo esto no hubiese sido suficiente, la ironía de la vida me abofeteó una vez más: el nombre de este remolcador era “Cabo San Pío”.

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Post scriptum et quorumdam suggestionibus pro futurum: Si hay algún tema sobre el cual usted quisiera leer mis traumáticas y ligeramente psicopatísticas opiniones, por favor sugiéralo a: rguajardo@rguajardo.us.

Caveat: Mis opiniones personales pueden resultarle ácidas, demasiado honestas, corrosivas, irreverentes, insultantes, altamente irónicas, acerbas, licenciosas, mordaces y de una causticidad filosófica sin límites conocidos por el ser humano, y quizá no le apetezcan o acomoden intelectualmente; pero es lo que habrá disponible basado en su pedido.  Gracias. 





El Loco

El Retén

Cualquier chileno sabe, aunque esté viviendo en Melipilla, lo que es un Retén; un retén de Carabineros, eso es.

Esta es una historia bastante local Santiaguina, es más, ésta es una historia de barrio chico (como lo era ese en que yo vivía en aquel entonces), pero como acaeció alrededor de un Retén de Carabineros, la historia toma una importancia más amplia y nacional ya que nuestro Glorioso Cuerpo de Carabineros de Chile cubre hasta el último vestigio de suelo nacional; desde las polvorientas faldas del El Morro de ese seco límite Norte, hasta las pingüinescas estepas del gélido pero hermoso sur del país; desde las cúspides de los nevados picos de la Cordillera de Chile, hasta el ondulante y limítrofe lugar en que las mansas olas de "Ese Mar Que Tranquilo Te Baña" depositan suavemente su blanca espuma marina entre susurros de gaviotas y el ocupado cuchicheo de las inquietas arenas a las que constantemente besa el Mar de Chile.

Esto pasó por allá por el año de la goma, cuando yo era chico y cuando la Avenida "Lo Saldes" de aquel mágico barrio de "Vitacura" no se llamaba tan arbitraria ni en forma tan abiertamente lacaya y servil: "Avenida Presidente Kennedy". Entiendo que se le cambió el nombre a la Avenida Lo Saldes en honor a un Presidente asesinado en una tierra extranjera, desconocida y completamente ajena para nosotros; pero sigo pensando que esto fué un ultraje sedicioso en contra de nuestra herencia Mapuche. Vitacura fué un aguerrido Cacique Huaicoche que regía aquellas tierras antes de que los Castellanos en sus lustrosas armaduras llegaran al Nuevo Mundo, y mucho antes de que los "presidentes" existieran. El cambiarle livianamente los ancestrales nombres a las calles de un dominio absolutamente Mapuche, me parece de un triste esnobismo frívolo y palafrenero.

Es muy cierto de que yo no conozco todos los hechos que conllevaron a este cambio de nombre, ni estoy familiarizado con los detalles que precipitaron este lamentable hecho; ni tampoco conozco en carne propia las condiciones ni las presiones políticas, los intereses creados, ni los motivos sociales que espolearon esta permuta, y lo que es más; no estoy juzgando a nadie en específico por este lamentable traspié. Lo único que puedo ofrecer a cambio de mi raciocinio es que en aquel tiempo yo era apenas una inconsciente brizna humana que no sabía nada de nada, y en este respecto, sigo sabiendo nada de nada. Sin embargo, percepción es realidad, y la única realidad que yo conocí y sigo conociendo con respecto a este baladí trueque, es que cambiaron un nombre ganado con merecido sudor - justo o nó- , por uno que no refleja este compromiso en la sociedad chilena.

Al fundar Santiago del Nuevo Extremo, Don Pedro de Valdivia en 1541 perpetró su primer acto impune, hostil y expropiatorio en contra del Lonco Quilapán (Lonco significa "cabeza" en Mapudungún) de la comunidad Mapuche de Huara Huara. Escondido detrás de la excusa de fundar Santiago, Don Pedrito ejerció dictatorialmente el primer acto de usurpación violenta -entonces legal y necesaria para los Castellanos y Vascos- de tierras Mapuche. Sin quedarse contento con el hurto que perpetró en contra de los Huara Huara, Pedro de Valdivia cometió entonces un extenso latrocinio y despojó de sus tierras, hogares y Ňuke Mapu (Mapudungún para Madre Tierra) a todos los indios Huaicoches que tenían sus posesiones y sus vidas en las tierras ubicadas en las riberas del Río Mapocho, las que los Castellanos comenzaron a denominar La Dehesa del Rey en su parte alta en honor a Carlos V, y Vitacura en su parte baja, en honor a ese gran cacique que a pesar de que fué su "enemigo", demostró una insuperable osadía y una valentía inigualable, una lealtad sin compromiso con su pueblo, y una ferocidad combativa excepcional que generó un reconocimiento y un respeto enorme por Valdivia. Al denominar esa región conquistada con sangre, sudor, y con un espíritu quizá poco deportivo; Don Pedro puso al Cacique Vitacura casi a la altura del Rey.

Para proveerle una merecida justicia narrativa a estos hechos y a Valdivia, debo de aclarar con firmeza e imparcialidad que los actos -aparentemente crueles- ejercidos por el Conquistador en las nuevas tierras descubiertas, estaban dentro de los conceptos y usanzas necesarias y forzosamente impelidas por las circunstancias de la época, prácticas que se ejercían a través de todo lo que era conocido como el planeta plano en aquel mundo de pensamientos rasos; todas ellas impulsadas por la necesidad, la supervivencia, y la avaricia del Viejo Mundo. La Conquista no fué una vacación, ni mucho menos in picnic para los Conquistadores, que a la postre y solo gracias a ellos, nosotros y nuestros países, somos hoy lo que somos.

Bien; en el sector oriente del río Mapocho -ese enfermo hilillo de agua inmunda al que los Santiaguinos llaman tan generosamente ¡Río!- y llegando hasta las vertientes que besan los pies de la cordillera, había situados varios asentamientos Mapuches independientes entre sí, regidos cada uno por un honorable y valiente Cacique o Lonco. Hasta hoy, muchos de los nombres de las comunas, de las avenidas y de las calles que tapizan esa zona de Santiago aún conservan los nombres que entre los Mapuches y el "Chaw Antü" (Padre Sol en Mapudungún) les dieron a esas comarcas. Aún viven en lo incógnito de las conciencias chilenas los Caciques Vitacura, Apoquindo, Mayecura, y Huara Huara entre otros. ¿Y pensar que cambiamos todo esto tan ligera e infielmente por el extranjero patronímico "Presidente Kennedy"?

Ahora, en Lo Saldes 3616 -que era la dirección de la casita de mi familia en Vitacura pero que ahora la callecita se denomina "Presidente Kennedy"- hay un edificio sin gracia ni alcurnia, alto y desgarbado en donde la gente vive apretada y amontonada como puede, y no como nosotros solíamos vivir en solaz en aquella amplia casa de un color gris claro como las desesperanzas de mi niñez, pero con un anchuroso y libre jardín en su frente, tan ancho como mi conciencia y tan verde como mis ingrávidos sueños.

Ese barrio de Vitacura llevaba los tirantes de nuestros pantalones cortos; conservaba aquellos gigantescos Acanthus Mollis (Acantos) -perennes como nuestras imaginaciones de niño- que asaltaban las veredas y obstruían el paso de los peatones los que sorteaban sus emboscadas con gráciles brinquitos; un barrio en que los vecinos se conocían y se respetaban (esto al mismo tiempo), y se comunicaban cara a cara sin esconderse detrás de internet o Facebook; un barrio en que el "lechero" aparecía cada mañana en su carretón tirado acompasadamente por un jamelgo tan viejo como el sombrero de paja que llevaba al que el lechero le había propinado un par de agujeros para las orejas del caballo, y que éste lo usaba sin pretensiones equinas.

El lechero cargaba en su colonial carromato unas damajuanas (1) metálicas grandes de estaño en donde traía la fresca leche, la que las vecinas salían a comprar armadas de potes y artefactos surtidos para contenerla. Esa leche era leche. La leche era tan fecunda que la nata se atosigaba en el grifo, y el lechero tenía que darle unos violentos sacudones para destaparlo. Esa leche que bebí tantas veces en las auroras de mi infantilidad que atesoraba Vitacura. Esa era leche, no como el agua con tiza que la gente bebe hoy bajo el falso pretexto de "leche".

(1) "Demijohn" es una vieja palabra que se usaba en la antigüedad para referirse a cualquier recipiente de cristal con un cuerpo grande y una boca y cuello pequeños, forrada en cestería. Aunque no hay evidencia histórica, se dice que la palabra puede haberse derivado del nombre de una ciudad persa, Damghan. Según el diccionario de Inglés Oxford, la palabra viene del Francés dama-jeanne en el siglo XVII, que significa literalmente "Señora Jane". Ahora es "Damajuana" ¿Qué cosas, no?

Durante la colonia, la avenida Lo Saldes era un polvoriento camino rural dedicado al tránsito de tropas y al comercio. Como buen sentimental y patriota, Don Pedro de Valdivia bautizó esta nueva cañada basado en una memoria de su patria. El nombre Lo Saldes se desprende de una municipalidad en la comarca de Berguedá en Cataluña (Catalonia), España, situada en las dormilonas faldas del monte Pedraforca, en la que hoy habitan menos de 300 catalanes.

El Retén de Carabineros al que me refiero en esta historia estaba ubicado al principio de lo que no es ahora la Avenida Lo Saldes. Al otro extremo de esta avenida estaba situada la inmortal "Panadería Lo Saldes", donde yo solía ir cada mañana antes de irme al colegio a comprar un kilo y medio del crujiente y vaporoso "pan batido". En ese mágico entonces, al comienzo de la avenida Lo Saldes había un honesto y limpio Retén de Carabineros, y no una rotonda como ahora, sin itinerario y en la que nadie respeta a nadie, ni había congestión automovilística, ni bocinazos ni insultos, ni apuros ni carreras, ni se veían tantos libidinosos dedos medios (de ambas manos sin discriminar) apuntando tan enérgica y amenazadoramente en contra de la seguridad y de la integridad física de nuestros delicados y privados esfínteres, abanderados con una firme y abierta declaración violadora, y en una completa exposición liberal desde las ventanas de los automóviles en moción.

En "mi Vitacura", Lo Saldes era una tranquila y limpia avenida de dos simples calles pavimentadas las que yo podía cruzar sin preocupaciones -cuando quisiese- para ir a jugar con las ancestrales piedras que yacían grises y durmientes al otro lado de la calle que delimitaba mi hogar, en frente de las altas rejas del "Club de Golf", en donde los gerentes de las pintorescas industrias chilenas de aquella inocente época, jugaban despreocupadamente en el césped con sus pequeñas; casi insignificantes pelotitas.

La historia nace con un hecho fidedigno que comenzó a desenvolverse en una "micro (2) Vitacura 51A". Estos populares vehículos de transporte masivo de proletarios pasajeros; a los cuales en el resto del mundo se les llama "buses", era una línea de transporte que brotaba en la frontera sur-oriental de Santiago, y que después de su largo recorrido se escabullía hacia su terminal en el sector nor-oriental de la misma ciudad. Estos recorridos eran más largos que rosario de ateo, y más demorosos que piropo de tartamudo, pero eran puntuales como novia fea. A pesar de esto, estas micros nos llevaban infaliblemente a mi hermanito Francisco y a mí; desde la casa al colegio, y luego desde el colegio otra vez de vuelta a casa, a Lo Saldes 3616.

(2) Es menester el explicar aquí que cuando uso desenvueltamente la expresión: "la micro", a pesar de ser una dicción ortográficamente errada, esto constituye un chilenismo arraigado profundamente en la lengua, y de uso consuetudinario. "Micro" es un diminutivo de la palabra microbús, y sí señor; la palabra microbús es de género masculino, por lo tanto la expresión correcta debería ser "el micro", pero nó señor, lo que le dá el carácter de legítimo chilenismo a la aserción, es la folklórica expresión: "la micro". ¿Qué cosas, no?

Una lánguida y calurosa tarde de Diciembre cuando veníamos de vuelta del Ercilla en una destartalada micro Vitacura 51A, la que se desplazaba a una velocidad tectónica entre el ronroneo de su motor y el rumor de unas viejas chicas con moños ateos sentadas en el medio de la micro, y que copuchaban con un apurado zumbido más ensordecedor que avispas dementes, bombardeándose con horrendos pelambres desde una corrida de asientos hacia la otra en fuego cruzado con un nutrido cuchicheo; mi hermanito y yo estábamos sentados en el último asiento de la micro; en nuestro asiento preferido, justito detrás de la puerta trasera de bajada, fuera del perímetro de tiro de las viejas que ahora usaban la micro por estar impedidas (por la edad), de usar sus propias escobas.

Temprano esa tarde y después de que la micro había iniciado su recorrido casi vacía en los albores de la calle Maturana -calle que por cierto derrochaba abolengo-, la veíamos engordarse de pasajeros mientras pasábamos por el centro de Santiago, llegando a su máxima capacidad (3) a la altura de Los Gobelinos, cerca de la Plaza de Armas donde había unos baños públicos más hediondos que axila muerta; y luego la veíamos enflaquecer poco a poco mientras sus pasajeros se desmontaban paulatinamente después de cada toque de una irritante campanilla, hasta que se quedaba casi vacía un poco antes de llegar al Retén de Vitacura.

(3) Todo santiaguino que permanece en su sano juicio sabe cabalmente que estas "micros" no tienen capacidad máxima, y que nunca la han tenido. También están conscientes de que los ciudadanos que sufren de claustrofobia no pueden usar este medio de transporte sin peligro de un ataque fulminante. A estos vehículos se les ha visto reiteradamente con racimos humanos guindando desde las puertas y ventanas. También es preciso decir que cuando la "micro" está llena y al borde del parto inducido, hay que ser un consumado escapista para poder bajarse de ella, y hay que tener las habilidades de Harry Houdini con una pizca de Mandrake para acertarle al paradero preciso.

NOTA: Debo aclarar aquí con sutil honestidad de que yo simplemente acompañaba a mi hermanito a casa, porque en justo testimonio, en realidad era Francisco y nó yo el que nos llevaba de vuelta a casa cuando nos extraviábamos en las extensas y enmarañadas calles de Santiago. Panchito siempre poseyó una claridad espacial y un dominio sobre el desastre; simplemente extraordinarios. Hasta hoy.

En esta ocasión, la Vitacura 51A llevaba unos pocos pasajeros más de lo normal. Entre los pasajeros se encontraba un "curadito" que estaba sentado en la butaca ubicada detrás del chofer durmiendo apaciblemente la "mona" sin molestar a nadie; había un par de estudiantes de un colegio rival que llevaban unas corbatas medias "cuicas" con franjas horizontales azules y amarillas que parecía que las había diseñado un daltónico turnio con artritis antes del desayuno; también se encontraba un señor chiquito, más bajo que la presión del agua los Lunes en la mañana, que llevaba un sombrero como el de Hércules Poirot, que se mantenía con gran dificultad sentado en el borde de su asiento al lado de la ventana, y que se empinaba constantemente para poder ver dónde estaba, y no pasarse de su paradero.

También estaba parada cerca de la puerta de salida una flaca de pelo larguísimo que a pesar de tener un tremendo y desmesurado contrapeso en la proa de su humanidad, en la retaguardia tenía menos popa que rana parada, y que mirada de lejos, parecía una "P"; y un poco más cerca de nosotros, un par de tipos de origen desconocido parados en el estrecho corredor entre los asientos de la micro, vestidos con unos "ternos" descoloridos y adornados generosamente con arrugas misceláneas, y llevaban unas corbatas que parecían estar ahorcándolos, pero adornadas magistralmente con un envidiable gourmet de manchas de comida que daban fé de épicas jornadas alimenticias.

Hacía mucho calor en la micro a pesar de que todas las ventanas estaban abiertas, así que uno de estos individuos se sacó la chaqueta con mucho cuidado y mirando para todos lados desconfiadamente, la dobló esmeradamente y se la colgó en el brazo. Cuando lo estaba haciendo, mi hermanito y yo vislumbramos con gran sorpresa y con un puntiagudo y repentino temor, un avieso revólver que descansaba sospechoso en la cartuchera que colgaba del cinto de este individuo.

Panchito y yo nos miramos perturbados y asustados con unos ojos sírfidos más grandes que la luna llena. Los dos tipos inesperadamente se volvieron hacia nosotros y comenzaron a caminar por el pasillo hacia atrás afirmándose sólidamente del pasamano, y haciendo gala de un magistral equilibrio para no caerse ya que el chofer de la micro creía que estaba a punto de ganar las 500 Millas de Indianápolis.

Los dos intimidantes susodichos se pararon en frente a nosotros todavía enfrascados en su conversación, y uno de ellos pulsó nerviosamente el cable de la campanilla un par de veces para dejarle saber al chofer de que se querían bajar. Panchito y yo dejamos escapar un angustioso suspiro de alivio, ya que creíamos de que por haber descubierto su celada arma, éstos individuos nos iban a mandar al "Patio de los Callados" (cementerio para el que no lo sabe). Con gran desahogo les vimos bajar de la "51A" un paradero antes del Retén; paradero que con la gran astucia y con la singular peculiaridad que los santiaguinos poseían en ese entonces, le habían denominado en forma tan original: "Paradero El Retén". ¿¡!? ¿Qué cosas, no?

Inmediatamente y después de que la micro reinició su recorrido, Panchito y yo decidimos bajarnos en el paradero siguiente, el paradero de El Retén; varias paradas antes de la nuestra, y sabiendo que tendríamos que caminar un largo trecho para llegar a casa porque no teníamos más dinero para el viaje, pero es que era necesario y responsable dejarle saber a las autoridades sobre estos "bandidos con pistola" que se acababan de bajar de la micro.

Yo contaba con escasos 10 años, y Panchito solo con siete pero muy bien puestos, y entre los dos teníamos más cojones que un hombre de 30 más o menos (y con pelos en el pecho), así que nos bajamos del vehículo y nos dirigimos decididamente y sin dilación hacia el Retén de Carabineros de Vitacura, que en ese entonces más que un retén, era una Avanzada Policial Cordillerana por los caballos que mantenía detrás del Retén, y por lo alejado que se encontraba de las entrañas del gran Santiago, tan lejano como el olvido. Si esto fuese una serial de televisión, aquí deberían ir los comerciales, pero como no lo es, sigo.

Entramos emocionados y un tanto intimidados al cuartel. Era la primera vez que estábamos en un lugar como éste. Ciertamente era un lugar amedrentante. Estaba lleno de "Pacos", había un par de bandidos esposados en un rincón refunfuñando herejías, y enfrente de nosotros en el medio del recinto, se alzaba una tarima alta circundada con una verja de gruesas celosías de madera, y con un ancho pasamano que para nosotros parecía gigantesco. Encima de la tarima, había un amplio escritorio torneado de rumas de papeles y cumbres de "partes amarillos", y una raquítica lamparita entre los montículos que no daba luz, sino que la paría. Detrás de todo esto recortándose contra una verde pared, un Sargento enorme que me recordó al Sargento García del Zorro, pero éste Sargento no tenía ese bigotón mexicano y se veía mucho más afable, cordial y presentable que aquel otro guatón de las revistas de la Editorial Novaro.

-Buenas tardes- inquirió el Sargento con una mal escondida sonrisa de sorpresa y curiosidad.
-¿En que los puedo servir?- Su amable y benévola voz nos tranquilizó rápidamente y nos dió ánimos para hablar sin tartamudear.
-¡Buenas tardes señor Carabinero, venimos a hacer una denuncia!- dije con mi voz de pito varios decibeles fuera de tono y sin hacer una pausa para respirar mientras que Panchito asentía con su cabeza repetidamente y con unos ojos aún más grandes que la luna de Junio.
- ¿Cuál es su nombre, caballero?
- Rodrigo Antonio, y éste es Francisco Javier- le contesté apuntando hacia mi hermanito como si esto fuese necesario.
- Bueno Don Rodrigo- dijo respetuosamente el Sargento con una benévola sonrisa paternal.
- ¿Me podría decir por favor cuál es su denuncia?
- ¡Acabamos de ver dos hombres con pistola!- Dije con vos trémula mientras que la úvula se me alborotaba en la garganta.
- Un momentito- dijo el Sargento arqueando unas cejas más frondosas que el resentimiento, e inmediatamente tomó una libreta y un lápiz, y se acomodó en su crujiente silla inclinándose levemente hacia nosotros, e inquirió seguidamente:
- ¿Cómo dijo Don Rodrigo? ¿Unos hombres con pistola, dice usted? ¿Dónde y cuándo Don Rodrigo?
- ¡Hace un ratito en la micro y se bajaron en el paradero anterior!
- ¿Qué micro?
- ¡La 51A!
- ¡Ah, claro!, ¿Eran dos?
- Sí señor Carabinero, venían en la micro con nosotros. ¡Dos!
- ¿Me los podría describir Don Rodrigo, por favor?
- Sí, eran altos, pero uno era más alto que el otro, ¡y tenía una pistola! - instaba yo mientras la ansiedad se me escapaba soporíferamente de los enormes bolsillos de la horrible chaqueta azul sin cuello de mi triste uniforme escolar (4).
- Bien- dijo el Sargento mientras tomaba nota ocupadamente mientras arqueaba sus pobladas neoevolucionistas y ecofuncionalistas cejas, y nos miraba con una cara pintada con la misma atención y preocupación con que Dick Tracy miraba a su interlocutor cuando éste le comunicaban de un nuevo y horrible homicidio.

(4) En 1964 en Chile se perpetró el más horrible acto masivo de terrorismo en contra de la sobriedad del vestuario escolar masculino, instaurándose arbitrariamente y con diabólica intención una especie de vestimenta o atuendo extraño conocido en todos los ámbitos de la moda mundial como: disfraz de pingüino. Este imprudente atentado se conoce hoy en los anales de la historia escolar chilena como: uniforme.

Durante varios minutos y con una seriedad de sepulcro, el Sargento poniendo suma atención a mis respuestas, nos hizo preguntas variadas mientras tomaba detalladas notas en su libretita. Unos instantes dentro de esto, oímos una gran conmoción en la sala que estaba detrás del escritorio. Esta conmoción no inmutó a Panchito que continuaba sin pestañar, y el fino polvo que inundaba el Retén se le estaba acumulando en las retinas tan rápidamente como se acumula la ansiedad en la pobreza.

Grandes voces se oyeron haciendo eco en las adobadas murallas del Retén, y de súbito, un silencio comprometido. Repentinamente y sin aviso se abrió la puerta de la salita trasera y salió un Carabinero muy joven esgrimiendo una amplia sonrisa en sus labios, y acercándose respetuosamente al Sargento le cuchicheó algo calladamente en el oído. El Sargento se sonrió levemente solo para recuperar su seriedad casi de inmediato, y continúo imperturbable dirigiéndose a nosotros:

- Bueno Don Rodrigo, creo que ya tenemos bastante información para hacer una diligencia policial e iniciar una investigación- dijo el Sargento.
- ¡Cabo Jiménez!- vociferó con autoritaria, pero respetuosa voz, y el Cabo Jiménez que estaba con otros Carabineros en un rincón del Retén, brincó como una pulga en celo, y se acercó al escritorio del Sargento en un santiamén.
- ¡A su orden!- exclamó mientras se cuadraba militarmente con un sólido y acústico sonido de tacos.
- Tome este caso e investíguelo inmediatamente - le dijo con una voz grave que trataba dificultosamente de ocultar una tenue sonrisa apenas perceptible; pero permaneció serio como gato en bote.
- ¡A su orden!- respondió Jiménez cuadrándose otra vez, y desapareció furtivamente por la puerta que estaba detrás del escritorio. Los otros Carabineros que observaban de cerca nos miraban con una seriedad de salón, pero se les vislumbraba un mohín de sonrisa en sus cerrados e implicados labios.
- ¿Dónde viven? - me preguntó el Sargento secándose el sudor de la frente con un pañuelo que sustentaba unas disimuladas y tiesas manchas oscuras, pero altamente sospechosas.
- En Lo Saldes 3616.
- Eso está un poco lejos de aquí, ¿no le parece?
- Sí, pero podemos caminar.
- Un momento, por favor Don Rodrigo - dijo el Sargento ya más relajado y dejando visualizar una sonrisa más robusta y llamó con voz de trueno respetuoso:
- ¡Gómez! Lleve a estos niños a su casa por favor.
- ¡A su orden!- exclamó Gómez en su uniforme impecable con su inseparable y lustrosa "luma" colgada gallardamente al cinto. Apenas recibida la orden, Gómez nos sonrió sincera y ampliamente dejando vislumbrar un brilloso diente de oro que iluminó brevemente todo el Retén como un relámpago Wagneriano; causando que Panchito parpadeara repentinamente como si estuviese saliendo de un trance, al mismo tiempo que dos conspicuos adobitos de polvo se desprendieron de sus ojos cayendo al suelo y desintegrándose en contacto, sin hacer el menor ruido; y acto seguido Gómez nos montó en una "Cuca", y sin demora nos fué a dejar a nuestra casa, a unas veinte sudorosas cuadras del Retén.

Cuando llegamos a casa, me sentía de lo más patriota y más útil que un Roto Chileno, y a Panchito ya se le habían achicado los ojos y había comenzado a parpadear más seguido otra vez. ¡Habíamos denunciado a un par de criminales! ¡Que héroes éramos! ¡Que despliegue de valor habíamos hecho! ¡Y hasta anduvimos en "Cuca"! ¡Qué orgulloso me sentía del Cuerpo de Carabineros de Chile! ¡Con qué respeto nos habían tratado! ¡Con qué seriedad tomaron nuestro asunto! ¡Y qué rapidez para iniciar las pesquisas! ¡Y qué organización y urgencia para movilizarse en auxilio y apoyo de sus ciudadanos! Desde ese inocente día, El Glorioso Cuerpo de Carabineros de Chile se transformó en la institución a la que le devoto mi más grande y sincero respeto.

Cuando llegamos a Lo Saldes 3616, Gómez se desmontó ágilmente de la "Cuca" y nos abrió la puerta de pasajeros gentilmente para que nos bajásemos y luego nos acompañó pacientemente hasta el dintel de nuestra casa. Una vez que nuestra "nana" abrió la puerta, Gómez se cuadró con gran parsimonia, nos saludó con su palma derecha apenas tanteando la visera de color café de su brava gorra carabineril; giró como reloj suizo sobre los tacos de sus brillantes zapatos, se encaramó de vuelta en la "Cuca" con la agilidad y la prestancia con que "El Zorro" montaba a Tornado, y se marchó hacia el sur por Lo Saldes sin mirar atrás, guiando esa aguerrida "Cuca" en pos de aquel indeleble e indisoluble Retén de Vitacura.

Años pasaron de este dormido recuerdo hasta que tiempo después, en un descuidado día perdido entre los calores de Agosto, mientras transitaba una bulliciosa y convulsionada calle Santiaguina, me encontré casualmente con un amigo de mi padre que era Carabinero. Apenas me vió, estrechó sus largos brazos en ofrecimiento y bienvenida, y se comenzó a reír al tiempo que me daba un apretado y cariñoso abrazo sin mucho decoro, pero con gran apego. Un poco intrigado le sonreí, pero no dije nada. Después de preguntarme acerca de la familia, con una inquebrantable sonrisa me preguntó si me acordaba del episodio del Retén unos años atrás. Por supuesto que me acordaba, y entonces para gran sorpresa mía, me contó qué era lo que realmente había sucedido entre bambalinas con aquellos asonados hechos de mi prodigiosa niñez.

Resulta que los "bandidos con pistola" que tan nervioso nos pusieron a mi hermanito y a mí en la Vitacura 51A, eran detectives que trabajaban en el Retén. Lo que pasó es que como estaban enfrascados en una seria conversación en la micro, inadvertidamente se bajaron por equivocación en el paradero anterior al Retén, creyendo que ése paradero era el correcto. Cuando se dieron cuenta de su yerro y sin poder encaramarse de vuelta en la micro, simplemente caminaron las cuadras restantes hacia el Retén.

Cuando llegaron al Retén, los otros Carabineros les dijeron entre risas y pullas de que había dos menudos ciudadanos chicos denunciándolos al Sargento. Todos irrumpieron en resonantes risas, y ése fué el barullo que habíamos escuchado mientras hablábamos con el Sargento. Además, el Carabinero que salió desde la sala de atrás y que le susurró al Sargento al oído, le comunicó de este asunto diciéndole en broma al oído de que "los susodichos sospechosos que se ajustaban claramente a la descripción que daban los pequeños ciudadanos, estaban "sumamente detenidos" en la sala de atrás".

Al saber la verdad sobre este acontecimiento, este descubrimiento no hizo más que arrancarme una magna, amplia y veraz sonrisa, y un automático y perdurable respeto adicional por mis queridos "pacos", y por el infinito respeto que me prodigaron y me procuraron en aquel día en aquel glorioso, ejemplar y memorable Retén de Vitacura. Años después de saber esta verdad y hasta hoy, mi respeto no ha disminuído un ápice por el solícito Cuerpo de Carabineros de Chile; al contrario, mi respeto por esta excelsa institución se ha acrecentado sin límites.

Me despedí cordialmente del amigo de mi padre, y reemprendí mi eterna marcha con una gran satisfacción en el pecho, con una renovada alegría en mi corazón, y con un aprecio y un agradecimiento sin límites por esta heroica y patriota institución, a la que muchas veces los chilenos despreciamos insensiblemente sin siquiera saber del millón de actos heroicos y patriotas que entrega desinteresadamente por la Patria y por sus volubles e inconstantes ciudadanos, grandes y chicos; construyendo Patria un ciudadano a la vez; ciudadano por ciudadano, cada día que pasa. No se olvide ciudadano chileno de que "Orden y Patria" es una responsabilidad y un débito de todos los chilenos, y no sólo la de nuestros honorables Carabineros. Recuerde que la Fuerza necesita de la Razón, y la Razón necesita de la Fuerza.

Si algún día usted considera el honor de engrosar las filas de Carabineros de Chile, o conoce alguien que quiera hacerlo, aquí le dejo una lista de las calificaciones básicas necesarias para poder vestir con nobleza ese límpido y valeroso uniforme hecho del translúcido verde de las esperanzas de cualquier nación honesta.

Requisitos:
Para ser Carabinero tiene que estar en perfecta forma física para correr casi toda la noche (o el día, dependiendo de su turno) por emboscados y peligrosos callejones oscuros donde la muerte acecha en cada esquina y detrás de cada dintel; debe ser capaz escalar paredes imposibles y encaramarse a árboles altos y a inestables techos con la destreza y la prestancia de una pantera; no debe titubear en entrar solo en casas que ni el inspector de sanidad entra, y enfrentarse a una jauría de perros rabiosos, o a maleantes.

Mientras desempeña estas básicas y simples maniobras, debe aprovechar de comer pero no podrá ir al baño, y bajo ningún punto de vista puede manchar, arrugar, o causarle roturas o daño de ninguna especie al uniforme. Debe realizar todo esto mientras acarrea alrededor de unos 25 kilos de equipo policial, sin perder ni deteriorar una sola pieza de éste.

Está obligado a estar preparado para proteger y para organizar una escena de crimen, educado propiamente para investigar un homicidio, ser capaz de recolectar y clasificar evidencia forense, encontrar e interrogar múltiples testigos del crimen esa misma tarde mientras atiende esmeradamente al chato que le abrieron la panza de un cuchillazo, y con sumo cuidado y dedicación mantenerlo vivo mientras le trata de meter las tripas de vuelta en el estómago. Y por si no se ha percatado aún, debe ser capaz de estar en varios lugares diferentes al mismo tiempo, dedicándole a cada lugar su atención completa.

Al día siguiente y antes de irse a su casa, debe ir a prestar testimonio al tribunal de turno, y presentar una montaña de evidencia para que el juez deje en libertad al maleante en menos de cinco minutos. Después de esto, debe de consolar a la viuda y darle a la familia de la víctima soporte psicológico y emocional, mientras discute con el abogado del asesino acerca de las libertades individuales, los derechos humanos, las funciones preventivas, el ordenamiento jurídico, y establecer sin dejar lugar a dudas la legalidad del arresto con extremado respeto y sin perder el control de sí mismo.

Cuando el abogado le reclame al juez, tendrá que contender con el juez y poner en claro los principios del poder de la Policía y cómo se mancomuna con el poder jurídico, cómo se aplica el poder legislativo para este caso específico, y explicar cómo evaluó y aplicó los principios del orden público antes de actuar y hacer uso de la fuerza dentro de los elementos dinámicos permitidos.

Después de esto, debe presentar un reporte detallado sobre las nociones policiales aplicadas, el concepto del uso de autoridad, las doctrinas policiales que correspondan para justificar el arresto sin olvidarse de los elementos tipificadores y de los mecanismos multidisciplinarios de diligencia activa concurrentes a la acción autoritaria; y por último, asegurarse de que lo complete antes de las 9 de la mañana porque si nó, llegará tarde a su trabajo.

Necesita ser brujo para adivinar qué armas lleva el maleante escondidas, tener la calma, la visión, y los instintos necesarios para proteger a su compañero sin descuidar a los ciudadanos presentes, manteniendo siempre un ojo avizor hacia los transeúntes, mientras que se protege de las cuchilladas, y calcula cuidadosamente las trayectorias balísticas que le asedian mientras que se esconde de los balazos, y por supuesto agregando los detalles técnicos de la munición usada por los "Patos malos".

Debe ser lo suficientemente capaz e instruído para explicarle en detalle al gallo de la ambulancia la gravedad de las heridas de la víctima y recomendar tratamiento. No debe dejar la escena de un accidente hasta que complete de atender el parto de la víctima sin que se le altere el pulso; y después de dejarle bién amarrado el cordón umbilical a la güagüa. Practicar la circuncisión es voluntario.

Debe de estar completamente familiarizado con todos los aspectos de la seguridad, salubridad, urbanismo, moral pública, y varios aspectos económicos ligados al orden público. Debe mantener una salud económica estable y prodigarle a su numerosa familia todo lo que posiblemente necesite, aunque su salario sea sumamente reducido y el más indigno de todos, incluyendo los salarios de la policía judicial, la policía militar, la policía secreta, y la seguridad privada.

Debe aprender y aceptar que; aunque usted haga milagros y dé su vida sin titubear y desinteresadamente en defensa del orden público y para el mezquino beneficio colectivo de todos los ciudadanos -y sin discriminar a ninguno-, los periódicos publicarán a grandes voces de que los Carabineros son indiferentes a los derechos de los pobres criminales y son insensibles en su trato con los asesinos. Estas bajas manifestaciones folletinescas que en cualquier otro lado se conocen como traición, para estos panfletos cosmopolitas son nada más que "una opinión abierta". No les importará un bledo a estas gacetas sociales de que los Carabineros de Chile son únicos en el sentido de que no aceptan coimas, sobornos, cohechos, y son tremendamente alérgicos a la corrupción porque están excesiva y perdidamente inoculados sin remedio con una poderosa e irreversible poción que se llama "Patriotismo".

Se le prohíbe estrictamente volar, por lo tanto no se le proveerá de una capa; también se le está proscrito el caminar sobre el agua -cualquier tipo de ésta- , y especialmente se les revoca permanentemente el que derramen lágrimas o que demuestren sus emociones, ni tampoco se les permite el condolerse de su impotencia de no poder vivir como seres humanos normales, ni el quejarse de la injusticia de las que son víctimas disimuladas. Se les prohíbe inflexiblemente el sentir cualquier tipo de pena o congojo por un compañero caído, o de mostrar emociones a cualquier nivel por aquel colorido trozo de lienzo que guarda una solitaria y hermosa estrella, blanca como la verdad y solitaria como la valentía; a la cual respetan y avalan con sus vidas, y al que llaman simplemente: bandera -el único envoltorio apropiado, reverente, digno y noble que existe para el concepto de Patria-.

Nota de la Institución:
Los aspectos un poco más difíciles, peritos y técnicos de la profesión se discutirán solamente con los interesados que demuestren seriedad en procurar la carrera. Si usted cree que tiene las calificaciones necesarias y requeridas para llenar el puesto, el Cuerpo de Carabineros de Chile le está esperando. Gracias por su participación.


Después de este servicio público y volviendo una última vez a mi romántica historia del Retén de Carabineros, de la cual estoy tan inmensa y molecularmente orgulloso; no me queda más que decir con toda sinceridad y con mi corazón abierto: ¡Gracias Sargento! ¡Gracias Cabo Jiménez! ¡Gracias Gómez! ¡Gracias a todos ustedes Carabineros de Chile! … y gracias también, a vuestro inolvidable e inmortal Retén de Vitacura. Gracias mil.

Le dedico esta humilde pero sentida historia con un titánico y genuino orgullo a mi amigo ilustre y Carabinero Patriota, Don Richard Eduardo Quezada Romero.

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El Loco.

El "Roto" Chileno

El manoseado, despectivo, mal entendido y erróneamente empleado substantivado "roto" (o "roteque" como dicen las viejas pitucas que se creen algo) con el cual se denomina rastreramente a un arquetipo de ser humano en Chile; se refiere autocráticamente a una persona de origen humilde, urbano y pobre, aunque la pobreza no tenga absolutamente nada que ver con el conspicuo concepto de la humildad. Esto último, es un producto del engreimiento social desviado puramente del arraigado, ajeno y adquirido esnobismo chileno que vive mal ubicado en las débiles mentalidades insubstanciales. Cualquier chileno que cree o siente que otro congénere puede establecer superioridad social ante él, le califica liviana y públicamente de "roto", en un desesperado y fútil esfuerzo de preconizar su frágil e ilusorio estatus de preponderancia social, que más que estatus, es un confuso, oscuro, triste y descentrado complejo de inferioridad.

¿Como comenzó la faramalla de todo esto? Es curioso. En los albores del siglo XX, cuando en Chile se celebraban las Elecciones Parlamentarias -la primera elección parlamentaria del siglo- donde se eligieron 94 tácitamente honrados diputados y se renovaron 13 senadores imaginativamente de gran integridad, que personificaban a los pintorescos partidos de la Alianza Liberal (Los Rojos), la Coalición (los Azules), y la Convención Democrática (los Verdes)(1), representando a las provincias de Atacama, Coquimbo, Aconcagua, Santiago, Cachapoal, Colchagua, Maule, Ñuble, Biobío y Chiloé. Hoy Santiago no es provincia, y Cachapoal desapareció rápidamente del mapa político, a la usanza de cómo se ignoran y olvidan las ácidas lágrimas del pueblo, encanilladas indiscriminadamente en el mismo amorfo fardo de las huecas, vanas y petulantes promesas políticas.

1) Lo peculiar de estos matices políticos es que si usted mezcla el rojo con el azul y con el verde resultan en un gris azulado; un color siniestro y feo como la maldad que se parece mucho a un moretón. Después de todo, no es sorpresa de que los colores políticos se acercan a sus verdaderas raíces… Los colores políticos son como el arcoíris: si los colores están separados, por sí solos son todos lindos y muy inocentes, pero al igual que el arcoíris, no tienen ni principio ni fin determinados, y al final siempre están vacíos. ¿Qué cosas, no?

Como estos pinches aristocráticos chilenos de sur y centro del país ignoraban y despreciaban el proletariado de la zona norte, los curtidos habitantes nortinos que habían perdido sus camaradas, vidas y familias en la sangrienta e innecesaria hecatombe de la Guerra del Pacífico defendiendo su patria, y que aún se afanan en limpiar las escarlatas arenas de desierto nortino de sus secas y gloriosas manchas de sangre, comenzaron a crear corrientes políticas adversas a rajatabla con las ideologías de los conglomerados políticos aristocráticos del sistema del parlamentarismo. Hoy, en el siglo XXI, todavía no sabemos quién tiene la razón, ni para dónde carajo vá ninguno de estos partidos políticos chilenos. En cada elección circense Presidencial los chilenos van a las urnas a votar con gran fanfarria por el payaso de turno, y por el partido más aparatoso y hueco que promete no arreglar nada lo más rápido posible.

¿En qué lugar se han perdido aquellos políticos honestos y brillantes? No lo sé. Lo que sé, es que los hay, pero que están escondidos en alguna parte. Me refiero a aquellos escasos políticos buenos y decentes que trabajaron y que trabajan honestamente por su país e hicieron su trabajo patriótico y desinteresado. Sé que los hay en Chile, y los hay por todo el mundo, pero obviamente no están a cargo hoy. Ojalá ellos vuelvan a las urnas algún día porque tendrán mi voto... y me imagino que el suyo también.

Bueno, durante estos graciosos días cuando la política chilena todavía llevaba pañales que no estaban tan sucios y ceñidos como hoy, y cuando los absurdos grupos elitistas chilenos sin gloria expresaban sus enfermos prejuicios y ejercían una odiosa discriminación en contra de determinadas clases sociales, es cuando el término "roto" comienza a adoptar arbitrariamente una connotación clasista en Chile, específicamente en referencia a los ciudadanos pobres de las urbes nacionales. Éste no era un clasismo intelectual, cultural o educacional, sino que era la concepción de un clasismo minoritario y mayoritario, en donde la "clase minoritaria" se apropia del trabajo, y la "clase mayoritaria" ejerce dominación mediante el Estado, las leyes y las fuerzas represivas. En otras palabras, hay un grupo que trabaja y produce, y otra manga de huevones flojos y aprovechadores dedicados a la politiquería. ¿Le dolió? No se preocupe, la Vaselina es muy barata (y estoy seguro de que más de alguien le podrá facilitar "aplicador" por si lo necesita).

Dentro de las más manifiestas y centelleantes ridiculeces y humoradas paradójicas sociales chilenas, el folclórico término es también usado con insinuaciones afectivas, sobre todo en su forma afija diminutiva común de las lenguas romanceras, o incluso con el peso del adjetivo épico que los rapsodas de turno quieran darle.

Pues bien; durante la invasión y ocupación española según se narra en la "Historia General de los hechos de los Castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Oceáno", el Descubridor de Chile y Conquistador Don Diego de Almagro(2), regresaba del sur del continente atravesando esforzadamente la más rigurosa y más árida región del planeta, el Desierto de Atacama en el año 1537 de su Majestad. Durante esos mismos años, en Europa el Imperio Otomano (Turco) atacaba la isla Griega de Corfú y el sur de Italia.

(2) El nombre familiar completo y real de Don Diego de Almagro está perdido en las arrugas de la historia. Se le llama Diego de Almagro porque nació en Almagro, en la actual Provincia de Ciudad Real, una Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, España en 1475, adquiriendo su apellido del nombre de su ciudad natal.

La travesía conquistadora de regreso del sur de Chile para Almagro fué completamente desastrosa y en los límites de lo siniestro. Almagro, que de partida no sabía nada de desiertos, tuvo su primer encuentro con el Todopoderoso Desierto de Atacama; un infierno sequísimo de más de mil kilómetros de largo, de unos 40.600 kilómetros cuadrados de desecados parajes más áridos que la conciencia de Judas, más estériles que los retóricos debates políticos, y de tierras tan áridas e infecundas en donde ni siquiera crece la esperanza del condenado.

Tal fué el estado catastrófico en que llegó Almagro y sus huestes al Perú, que desde entonces se les llamó los "rotos de Chile". La travesía fué tan ardua y heroica, que les quebró el espíritu a los conquistadores, les destrozó sus vestimentas, y les rompió el hálito aventurero. Estos viajeros llegaban al Perú casi sin vestimenta uniforme y los más vestidos iban extraña y estrafalariamente abigarrados, lo que hizo que se les denominara a estos viajeros, "rotos", que en el sentido Castellano antiguo literal de la palabra, significa: ir de cualquier modo.

Al final de su constreñida peregrinación, estos errabundos exploradores llenos de esfuerzo y valentía llegaron a sus destinos literalmente rotos; rotos provenientes de Chile. Desde ese entonces, a quienes vinieran de esas tierras australes se les denominaba "rotos", pero este apodo no tenía nada que ver con una categoría social. Cuatro años después de este deplorable y desafortunado episodio, solo un bizarro y osado Guzmán que con una valentía inusitada, se atrevería a ir a conquistar las hermosas y vírgenes tierras que descansaban a cubierto más allá de estas desérticas y australes calderas de Pedro Botero: El Gobernador y Capitán General Interino del Reino de Chile, Don Pedro Gutiérrez de Valdivia, de Castuera, Extremadura.

Sé que hay otros oriundos que aseguran de que la procedencia de la palabra "roto" es muy distinta, y que el término se aplicaba desde la época de la Conquista, pero francamente no me interesa, porque el origen de la palabra "roto" es para muchos, sinónimo de astroso, rotoso, parchado; aunque la procedencia y el espíritu original del vocablo es muy distinta. Sólo a partir del siglo XIX esta masa popular de gentes calificadas como "rotos" adquiere una visibilidad patente y surgidora, ya que hasta entonces la hegemonía soberana de la aristocracia Castellana y Vasca mantenía al pueblo criollo despojado de cualquier protagonismo social.

El roto chileno adquiere caracteres míticos y legendarios en el alma y la substancia social chilena en los episodios descritos de la Guerra entre la Confederación Perú-Boliviana y el Ejército Unido Restaurador de Chile. Las tropas chilenas finalmente vencieron a las tropas confederadas en la gloriosa Batalla de Yungay que comenzó el 13 de Enero de 1839, y que concluyó el 20 de Enero del mismo año como a eso de las seis de la tarde después del tecito. La gran mayoría del contingente bélico chileno estaba formada por grupos de tronco social pobre, rotos tan pobres como heroicos, patriotas, gallardos y valientes.

En Chile se les rinde solemne homenaje a los vencedores de Yungay cada 20 de Enero, día constituído como el Día del Roto Chileno, donde indirectamente es también conmemorado con el Himno de Yungay, batalla e himno percibidos como la consolidación de la nacionalidad chilena. Todavía me acuerdo del marcial son de este heroico himno que tantas veces canté orgulloso y con la emoción a flor de labios mientras me esforzaba por sujetar unas nerviosas lágrimas que se atropellaban por salir y escaparse furtivamente de mis ojos en aquellos mis mozos días, cantaba con un orgullo típico del Roto Chileno, aunque yo era un simple "Choro del Puerto":

Coro:.................................Como debería cantarse:

Cantemos la gloria................Cantemos la gloria
del triunfo marcial...............del triunfo marcial
que el pueblo chileno.............que el ROTO CHILENO
obtuvo en Yungay..................obtuvo en Yungay.

Estrofa I
Del rápido Santa
pisando la arena,
la hueste chilena
se avanza a la lid.
Ligera la planta,
serena la frente,
pretende impaciente
triunfar o morir.

Como todo siempre cambia y nada es eterno jamás con la excepción de la pobreza y el hambre, en el Chile actual la palabrita "roto" se usa hoy para referirse a la persona maleducada, con falta de educación, o de manifiesta e insensible tosquedad social, lo que se diferencia dilatadamente del modelo de la simple división laya y clasista en la sociedad chilena. Hoy resulta que la "rotería" es el intrínseco acto mismo de poca generosidad o munificencia cultural, o la desfachatez y procacidad educativa. Entonces a los que llaman "rotos" con tanta displicencia y sentido agravio, son aquellos ligeros individuos que rompen descaradamente las reglas sociales sobre el respeto, el buen proceder, y los preceptos de educado comportamiento. O sea, estos son los giles que todavía no han leído el "Manual de Carreño"(3)

(3) El Manual de Carreño, o Manual de Urbanidad y Buenas Costumbres (el del cual tanto le habló su abuelita) y cuyo título oficial y completo es "Manual de Urbanidad y Buenas Maneras para uso de la Juventud de Ambos Sexos", fué escrito por el venezolano Manuel Antonio Carreño en 1853. Este manual; que aunque contiene algunas normas de urbanidad consideradas hoy obsoletas; se encuentran las principales reglas de civilidad y etiqueta que deben observarse en las diversas situaciones sociales.

Por favor tenga en cuenta -y esto con sumo cuidado- de que el apelativo "roto" tiene una diferencia fundamental con los vulgares epítetos tales como "cuma" o "flaite". El calificativo "cuma" se ha relacionado directamente con el hampa delictual chilena hasta más o menos el siglo XX, en donde a finales de este siglo, por la necesidad de una palabra más despectiva y apropiada para ciertas podridas raleas sociales chilenas, surge la determinativa expresión gráfica y simbólica de "flaite", vocablo con el cual hoy nos referimos al vulgar delincuente y facineroso anti-social juvenil, producto de la extracción más baja y "pelienta" que ha sido capaz de generar la simbiótica sociedad de este largo y depauperado país.

Últimamente; y esto le he visto en la tele en CNN y lo he leído repetidamente en los diarios, en el "FaceBook" y en otros medios de comunicación global y masiva, como producto de la corrosiva erosión social chilena ha surgido un buitre del sentido común que normalmente suele volar muy bajo y más allá del los límites y del horizonte de la paciencia cívica, al que cariñosamente se le denomina: "Flaite Político", dueño absoluto de un estiaje moral aplastante.

El flaite político es una especie de dragón feo mal hecho, una incongruencia social, un reptil suelto que no escupe fuego, sino estupidez; y es más peligroso que un club de suegras. Se puede determinar fácilmente quiénes son estos lagartos tufosos simplemente leyendo los hechos de la política consuetudinaria chilena en los periódicos locales. Si usted no lee gacetas o no vé noticieros, no se preocupe porque la pestilencia de estas salamandras de mal gusto se puede oler y percibir en cualquier lado, en cualquier ambiente y a cualquier hora. ¿No ha notado (ni se ha preguntado el por qué de) la gran cantidad de potentes desodorantes ambientales que se están vendiendo en todos los supermercados de su ciudad? ¿Qué cosas, no?

Como dato de referencia le puedo sugerir que cualquier personaje que usted conozca y que a su parecer, se balancea peligrosamente entre las diversas definiciones de precarios límites de estos fluídos estratos sociales; y que usted no ha logrado clasificar aún porque no es un cuma, no es un flaite, o tampoco es un flaite político, le aseguro de que este personaje es un flamante "Pendejo".

Todo el mundo tiene historias y chistes de rotitos chilenos, y yo que no soy menos en esto, también le ofrezco una epístola. Este es el cuento de un Rotito Chileno que le envía una carta explicatoria al juez:

"Estimado Señor Juez:
Por favor no culpe a mi mujer ni a nadie más de que yo esté abandonando este matrimonio y a toda mi familia, pero es que me tengo que "correr" inmediatamente antes de que me vuelva loco porque ya no sé ni quién soy, y mi vida se ha transformado en un horrible martirio familiar y sin identidad plausible.

Mi situación es un poquito complicada, pero trataré de explicárselo señor Usía como mejor pueda con mis propias palabras personales mías mismas de mí. Yo soy un orgulloso rotito "patipelao", pero que ya estaba cansado de andar "patiperreando" sin destino por el mundo, así que la soledad de mis días me empujó a tomar la malísima decisión de casarme con una bella y voluptuosa viuda para calmar mi vida, mis pasiones, y para finalmente; tener una familia como cualquier otro suertudo.

Desgraciadamente la viuda ésta que me arrebató las ganas apenas después de dos "pilsen", tenía una hija muy atractiva, comprensiva y media güena p'al palanqueo, y de haberlo sabido antes; nunca me hubiese casado con la viuda. Esto le parecerá muy raro señor Don Juez, pero déjeme explicarle lo siguiente:

Mi anciano padre que para mayor desgracia mía era viudo y tremendamente "bandío", se enamoró perdidamente de la hija de mi mujer, así que prontamente se "desnupciaron" Usía, de manera que mi mujer se convirtió en la suegra de su suegro, mi hijastra se convirtió en mi madre, y como si esto no fuese poco, mi padre ahora es mi yerno.

Al poco tiempo mi madrastra trajo al mundo un hermoso varón, que resulta que ahora es mi hermanito, pero también es nieto de mi mujer, por lo tanto yo, señor Juez, soy ahora el abuelo legítimo de mi hermano chico.

Poco tiempo después y producto de nuestro apasionado amor, mi mujer me dió un retoño un poco turnio pero bien regordete que ahora es hermano de mi madre y también es cuñado de mi padre, y el rechonchito es asimismo tío de los hijos de mi padre. ¿Va cachando usted señor Juez?

Como mi mujer ahora es suegra de su propia hija, y yo soy padre de mi madre; y mi padre y su mujer son mis hijos; por lo tanto, yo soy mi propio abuelo. ¡Puchas la "payasá" señor Juez! ¡Ahora resulta que el cura no deja entrar a la iglesia a ninguno de mi familia porque dice que somos promiscuos, y hasta el perro ahora me mira de reojo!

Después de lo explicado, ahora no quiero seguir aburriéndolo señor don Juez con el tema de los padrinos y de los primos, porque ahí sí que nos enredamos, así que me despido de todos ahora mismo y me voy a "patiperrear" de vuelta otra vez porque ya no sé quién carajo soy; y prefiero seguir siendo un simple "rotito chileno" como antes, que aunque no era gran cosa, ¡por lo menos sabía quién era, pó!

Con tóo respeto,
El Disprosio Levapalante Bascuñán".

Ahora. Ponga atención ciudadano. El "Roto Chileno" en su concepto único, verdadero y justo; es un héroe nacional por su propio peso y mérito personal. ¡No joda!, si no hubiese sido por el "rotito chileno" hubiésemos perdido la Guerra del Pacífico, y el Perú y Bolivia estarían limitando hoy al sur con Osorno. Piense dos veces cuando quiera insultar a alguien llamándolo "Roto". A mi parecer, el que a uno le llamen "Roto" es un gran honor. Si quiere insultar a alguien y usted es de la vieja guardia, llámele cuma; si es más moderno, llámele flaite; y si usted tiene sentido común, llámele flaite político; ¡pero por favor no lo llame Roto!

No se olvide de que también hay una connotación elegante y cariñosa que usamos cuando nos referimos como "roto" a un prójimo que admiramos. Personas como yo por ejemplo, nos deleitamos con orgullo en llamar a alguien "rotito" cuando queremos ensalzar un acto, una gracia, o alguna hazaña de algún "rotito" con la cual nos identificamos y admiramos. Por ejemplo decimos: "¡El otro día conocí a un "rotito" seco p'a la pelota! ¡Lo hubieses visto! ¡Se pasó a toda la defensa, y de una sola patada metió dos goles y sin traspirar!" …¿Acaso no narramos estos cuentos con orgullo?

Recuerde que tenemos algunos "Rotos" tremendamente ejemplares que no tienen nada de despreciable, pero sí son envidiables como por ejemplo: Virgilio Arias, Tomas Chávez, Nicanor Plaza, Rebeca Matte, Eduardo Provoste, Don Francisco (Mario Luis Kreutzberger Blumenfeld), Lucho Gatica, Leonor Varela, Leonora Latorre, Vick LeCar, Claudio Arrau, Pablo Neruda, Domingo Santa María, el Tony Caluga, Gabriela Mistral, El Florcita Motuda, Manuel Blanco Encalada, Arturo Godoy, Manuel Rojas, el querido Don Lolo y Condorito, para nombrar solamente unos pocos afortunados. (Por ahí dicen las malas lenguas que la Mata Hari era una "rotita" "arrancá" de Chile).

El apodo de "roto" que se les ha concedido a estos ilustres ciudadanos y laboriosos personajes, es para destacarles en un sitial de honor y en una categoría muy exclusiva, envidiable y bastante especial; porque el concepto del "Roto Chileno" no es simplemente un estatus (aunque éste título haya sido manoseado tan impunemente) sino que es una gloriosa filosofía de una estigmática heroica y positiva; y aunque a usted le guste o nó, el roto chileno es el portador de la verdadera Identidad Nacional Chilena. Para que usted lo sepa amigo, no le quepa duda de que la palabra "Roto" es más limpia y merecedora que el prontuario del Papa.

Entonces en toda y merecida justicia, la palabra "Roto" es portadora de un glorioso y verdadero valor, intrínseco y del otro. Está forjada con valentía, amor y arrojo; está empapada de una actitud patriótica y esforzada y lleva matices pintados con inteligente viveza de una osada y original picardía. Nos enorgullecen sus actos y atesoramos melancólicamente sus episodios sociales, lo comparamos e igualamos a los más grandes próceres de la raza humana, y lo identificamos con los más humildes y sinceros protagonistas de la historia; pero aún así mis queridos Homo Chilensis, a veces mezquinamente le perdemos el respeto; y sin inmutarnos, trapeamos el sucio suelo con su imaculada dignidad. Les aseguro de que esto no nos trae ninguna gloria, ni tampoco es necesario para validarnos a nosotros mismos.

Si alguien me llamara "Roto" alguna vez, estaría intensamente orgulloso aunque no yo posea todavía el calibre y la altura necesarios que me califiquen para alcanzar el honor de ser un verdadero y genuino "Rotito Chileno".

¡Viva el Roto Chileno, mierda!

El Loco.