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Chunchulo


En un desconsolado día,

Queridos camaradas Maristas, hoy se nos ha ido un ser humano extraordinario e irreemplazable.  Conociendo a nuestro Profesor Jorge Gutiérrez, les aseguro que se ha ido para pavimentarnos el camino después de la muerte, tal como nos lo pavimentó a todos nosotros durante nuestras inquietas vidas.  Cariñosamente conocido como “Chunchulo”, él siempre nos dijo que no tuvo hijos propios, pero que nosotros todos éramos sus hijos, y que nosotros éramos mucho de ellos.

Sin duda que chunchulo nos trató, nos cuidó y nos guió como si fuésemos sus propios hijos.  Con su firme pero cariñosa y amante mano, nos corrigió cuando estábamos errados, y nos premió cuando lográbamos triunfos, aunque estos hubiesen sido pequeños. Su alegría en nuestros triunfos siempre fué genuina.

Hoy mi corazón está acongojado y triste, y ardientes lágrimas de un profundo y férvido dolor desgarran mi alma y mi espíritu.  Hoy se nos ha ido un ser humano extraordinario e irremplazable. 

Gracias Egregio Profesor Chunchulo, gracias Egregio Profesor Jorge Gutiérrez por el extraordinario trabajo que hiciste por, y con nosotros.  Gracias por aguantarnos nuestras inmadureces y por hacerte rabiar tantas veces.  Me demoré en escribirte esta corta nota.  Tuve que esperar a que mis lágrimas disminuyeran y mi dolor se calmase un poco para poder pensar.

Ya nos veremos algún día en la cósmica inmensidad del éter, Chunchulito; allá donde las estrellas danzan y celebran nuestras existencias, allá hacia donde los nuestros partieron un día, allá donde otra vez nuestros espíritus danzarán y bullirán contentos, tal como lo hicieron en las aulas del Instituto Alonso de Ercilla, bajo la protección y el extenso manto de infinito amor que tú siempre nos brindaste, en las buenas; y en las malas.

Mis emociones son agobiantes.  Mi sentido de pérdida es angustioso.  Tu partida nos deja atrás un vacío imposible de apaciguar.  Ten una jornada dulce y placentera hacia tu lugar de descanso, chunchulito querido.  Te lo mereces después de habernos dado toda tu energía y amor hasta la última gota.  Mis más sinceras condolencias para el infinito dolor de tu familia, incluídos todos nosotros, tus hijos del Ercilla.

¡Buen viaje y feliz jornada Chunchulo!

Siempre te recordaremos.

El Loco.

Mi Abuelito Víctor

Mi abuelito Víctor no fué un hombre; él fué un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana. A pesar de que en círculos generales se cree que nadie es eterno, mi abuelito Víctor lo es. Su vida no se consumió como lo hace un cigarrillo o como las brazas de una fogata olvidada; sino que ardió como un sol desesperado, ardió como el amor de la pimienta, ardió inclemente como el crudo petróleo de los pobres Lunes de Pablo Neruda, pero que nunca se cansó de ser hombre, ni tuvo nunca una raíz en las tinieblas, ni tampoco tuvo una Isla Negra... y escribió mucho más de Veinte Poemas sin atarlos a ninguna Canción Desesperada.

Cuando mi abuelito Víctor estaba vivo, yo no sabía el tesoro que tenía, ni la colosal magnitud de éste. Como es natural, la ceguera de la estultez de la juventud, aquella que nos cubre la vista egoístamente porque nos deja ver solo lo que queremos ver y no la vida en su plenitud, también estaba presente y firmemente arraigada en mis ciegos ojos. Pero a pesar de esto, la vida de mi abuelito Víctor era una luminaria tan poderosa y grande, que su sabia luz traspasaba mi ceguera aunque tuviese los párpados cerrados; y sus palabras ilustradas y precisas desbastaban cualquier barrera de inmadurez con su locuacidad y juicio.

Mi abuelito Víctor nunca se quejó de la naturaleza como lo hace la mayoría de los hombres, por habernos dado tan corta edad sobre la faz de esta tierra, ni tampoco se quejó de la velocidad con que pasaba el tiempo, ni se quejó por la fragilidad e inconstancia de nuestra idiosincrasia. Él usaba cada segundo de su vida para enriquecer a los demás, y así; enriquecerse a sí mismo; él me decía que el tiempo no pasaba rápido sino que éste no tenía la paciencia de esperarnos a que nos decidiéramos a hacer algo con nuestras apáticas vidas, y siempre me dijo que la fragilidad humana residía en la calidad y durabilidad de nuestras convicciones, y no en la lasitud de nuestras imperfectos géneros. Todo esto, lo llevaba siempre coronado con una amplia y virtuosa sonrisa de labios juntos, para que nadie viera el diente que le faltaba, pero cuando me sonreía a mí, sus labios se desplegaban en franca cortesía sin vergüenza del pequeño ojal de las encías de su boca.

Mis Memorias de Él
Tengo tantas memorias de las nutridas enseñanzas de mi abuelito Víctor, que no sé por dónde empezar para contarlas. En cierta forma, él era un loco como yo, pero su locura era por los demás; sin egoísmo y con un amor infinito por sus congéneres que no poseían la titánica voluntad ni la hercúlea talla de su humanidad, especialmente por nosotros; su familia. Las memorias que tengo de él no son como las escondidas y calladas memorias del silencio; sus memorias son como una explosión de mil arcoíris exhortados, como un bullicioso trueno demente, como una mítica fantasía fuera de control, como las -a veces profusas- lágrimas que sirven bien y por igual a la alegría y a la tristeza, mis memorias de él son como una manada de sueños reales y de realidades soñadas; sus memorias siempre han estado ricamente sazonadas de sabiduría, amor y bravura, es decir; llenas de ese "abuelito Víctor".

El Prójimo
Recuerdo que un día regresábamos a paso cansino por el Cerro Alegre hacia donde él vivía, de vuelta de una de esas épicas caminatas por el centro de Valparaíso, cuando vió un pobre hombre sentado en la calle, su espalda apoyada en contra de una sucia pared meada de perros, y que con su brazo extendido sin esperanzas hacia el egoísmo de los hombres, pedía limosna. "Ése es Juan José", me dijo; "él era un hombre de buena situación hasta que perdió su único hijo y su mujer en un incomprensible accidente del cual él se sentía responsable. La pena y la culpabilidad le agobiaron de tal manera, que destruyeron su espíritu de hombre, y ahora vive en las calles compartiendo éstas con los perros vagabundos".

Agarró al hombre de un brazo cuidadosamente y lo hizo levantarse, lo llevó a casa de donde ya estábamos muy cerca, y ante la incredulidad de mi abuela lo hizo tomarse un baño. Sacó un traje de su armario, una camisa limpia, calcetines y calzoncillos, y hasta un par de zapatos; e hizo que este hombre se vistiera con ellos. De verlo así, el pordiosero de la calle, ya no era más. Acto seguido, todos nos sentamos a la mesa y comimos. Creo que ésta fué la primera comida caliente que esta pobre alma humana había comido en meses.

Después de comer, mi abuelito Víctor lo acompañó a la puerta de la casa, le dió 5 Escudos -dinero que le dolió no porque no tuviese mucho, sino porque salía del fondo de dulces para sus nietos- y se despidió de él deseándole una mejor vida. De la boca del hombre no escapó ninguna palabra, pero pude ver en sus profundos ojos llenos de soledad, unas sentidas pero abrigadas lágrimas de agradecimiento que decían más de lo que pudiesen haber dicho un millón de palabras elocuentes. Mi abuelito Víctor no era un hombre; él era un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana.

El Verano y La Playa
Durante los largos y calurosos veranos chilenos en que pasábamos nuestras vacaciones en su casa del Cerro Alegre, mi abuelito Víctor nos llevaba a la playa Caleta Abarca, el balneario de moda en aquel entonces; cada tarde inmediatamente después del almuerzo. Afanosamente nos preparaba un sandwich de "Dulce de Membrillo" con mantequilla junto a unas frutas en una cesta de mimbre, un par de botellas del delicioso "Néctar Watt's" de damasco, y enfilábamos hacia la playa. Antes de esconder otras golosinas dentro de la cesta, me daba una mirada de complicidad llena de secretos porque mi abuela era partidaria de que bebiésemos agua en la playa y de que no comiéramos dulces, pero mi abuelito sabía que yo prefería ese néctar, así que arriesgaba su cuello por su nieto; ese proyecto de hombre que apenas se levantaba un escaso metro del suelo.

Él entonces, me tomaba de la mano cariñosamente para que caminásemos hacia el "Ascensor Turri" que nos dejaría a los pies del Cerro Alegre. Recuerdo que su mano era huesuda y fuerte. Mientras caminábamos, observaba su recia mano curtida por el sol de muchos años y adornada con una infinidad de pequeñas cicatrices, marcas del combate de la vida, que se enseñoreaban por sus huesudos dedos. Las venas de sus manos eran enormes, se levantaban sobre la superficie de su mano hinchándole la piel, y a mí me parecían como unas cañerías blandas con las que me entretenía oprimiéndolas con mi dedo índice para ver cómo se detenía el flujo de sangre, y para soltarla otra vez y ver cómo se hinchaba rápidamente de sangre apurada nuevamente esa cañería de su mano. Recuerdo que a pesar de la temperatura que hubiese, sus manos eran suaves y estaban siempre tibias.

Cuando llegábamos a Caleta Abarca, rápidamente buscaba un lugar estratégico entre el mar y el boliche que vendía "churros" y "maní confitado", desplegaba nuestras toallas en la cálida arena, y nos ayudaba a doblar la ropa. Apenas estos quehaceres se habían cumplido, corría con nosotros a la orilla del mar donde nos mojábamos los pies temerariamente en las gélidas aguas del Mar de Chile. Nosotros no sabíamos nadar, ni yo estaba lo suficientemente loco aún para meterme en esas aguas tan frías voluntariamente; así que nadábamos en la arena. Sin preocuparse de lo que pensaran o dijeran los demás, mi abuelito Víctor nadaba en la arena con nosotros. Su cuerpo flaco y desgarbado que mostraba claramente el abuso de los años de esfuerzo y de la impunidad de la vida, le hacían lucir menos "tarzanezco" que otros caracteres en la playa, pero eso no importaba nada porque él, sí era un héroe de punta a cabo para nosotros, especialmente, para mí. Los días de playa fueron muchos, tantos como los recuerdos que tengo de él.

Los Juegos de Aventura
Los fines de semana cuando no íbamos a la playa porque estaría muy congestionada con los oficinistas y aquellos otros que viven sus vidas solo un escueto par de días a la semana, nos quedábamos en casa, en esa casa enclavada en ese cerro tan porteño que olía a café tostado y a avellanas maduras; y jugábamos en ese patio de tierra que me dió tantos magullones en las canillas y raspaduras en las rodilla, las cuales mi abuelito Víctor limpió tantas veces con tanto amor y dedicación con esas férreas manos de él, manos rigurosas y disciplinadas del arduo trabajador que él era.

Apenas le quedaba pelo, pero se rehusaba a usarlo como un ridículo y risible escudo en contra de la calvicie. Lo mantenía corto e iba al peluquero seguido. Su peluquero le encantaba ver a mi abuelito Víctor en su boliche porque con un par de tijeretazos y en menos de dos minutos, cobraba por un corte de pelo completo, y no había casi nada de pelo que sacudirle de la ropa. Mientras le cortaban el pelo, él mantenía su imborrable sonrisa seria, seria como un juego de ajedrez, pero dulce como la inocencia de su madurez.

Entonces, en casa jugábamos a indios y vaqueros. Construíamos un "Fuerte" en el patio de esa tierra ancestral que vivió los bombardeos de Sir Francis Drake, con cajones de madera en los que un día habían habido duraznos peludos, tomates, duraznos pelados, manzanas y naranjas. El "Fuerte" hasta tenía techo. Por unas rústicas ventanas podíamos disparar hacia afuera y protegernos de las flechas que nos atacaban. Vestíamos unos fantásticos trajes de pistoleros con unas brillantes y plásticas pistolas que disparaban unos proyectiles que parecían supositorios, llevábamos unos sombreros vaqueros y unas chaparreras que habrían sido la envidia de Pancho Villa, allá en el rancho grande.

Mi abuelito Víctor era siempre el "indio malo" que nos atacaba en el "Fuerte". Debería haber tenido unos 72 años, pero su alma aún estaba en pañales. Él se vestía con un taparrabos hecho de los maltraídos restos de una cartera de gamuza café de mi abuela, llevaba unos mocasines dignos de "Toro Sentado"; su cabeza la adornaba un noble penacho Dakota hecho con plumas de gallina de alta alcurnia que había confeccionado él mismo; un arco hecho de una rama de la higuera que había en el patio, y una flechas de mimbre adornadas con las plumas de menos "pedigree" y abolengo de la misma infortunada gallina. ¡Lo mejor era su "Pinto"! Su caballo se llamaba "Pinto", se llamaba igual que el caballo del indio que acompañante al "Llanero Solitario". El nombre original de este indio era: "Tonto"; pero que graciosamente y por obvias razones, se lo cambiaron a "Toro" para los países de habla Castellana.

"Pinto" era un soberbio caballo hecho de un palo de una escoba vieja al que le agregó en un extremo una cabeza de caballo de madera que había hecho él mismo con sus gastadas herramientas, "Pinto" tenía un ojo más grande que el otro, pero esto no importaba. "Pinto" también tenía una cola frondosa digna del caballo del César, confeccionada con otra desdichada prenda de mi abuela quién nunca sospechó de estas extrañas desapariciones; y para coronar este magnífico bruto, llevaba un soberbio par de riendas de cáñamo, y tenía una montura negra que se negaba a mantenerse en posición, y que colgaba floja de la panza del caballo. El Libertador José de San Martín (conocido en sus círculos personales como "Culo de Fierro") habría dado un brazo por este soberbio palafrén.

Aparte de esto, mi abuelito Víctor se pintaba la cara artísticamente con "pintura de guerra", producto del botín de un malón ejecutado en una osada incursión a los cosméticos de mi abuela, se pintaba unas franjas rojas en sus mejillas, se adornaba un ojo con un círculo negro como un mapache, se montaba en su "Mustang" y galopaba alrededor del "Fuerte" profiriendo gritos de guerra propios de "Caballo Loco", mientras que nosotros le disparábamos nuestros supositorios plásticos de color blanco desde el "Fuerte" bajo ataque.

Ése era mi adorado y dedicado abuelito Víctor. Como pueden ver, mi abuelito Víctor no fué un hombre; él fué un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana.

Los que Partieron Antes
Cuando alguna otra persona moría, ya fuese del barrio o nó, mi abuelito Víctor no escatimaba esfuerzos para ayudar y consolar a la familia. No era raro auspiciar velorios en la casa de mi abuelito Víctor, quien ofrecía solícitamente su amplia y vieja casona del Cerro Alegre para llevar a cabo estos tristes pero necesarios menesteres de nuestras quebradizas y finitas existencias humanas.

Mi abuela preparaba con celo de hechicera medieval su legendario y bien conocido clery para distraer las memorias, y para amasar el dolor de las almas en pena. Nunca pude descubrir de dónde sacaba mi abuela tantas copas para el clery. Las pequeñas y regordetas copas estaban en multitud por doquier, semi-llenas y llenas, porque mi abuela no dejaba copa que pasara de medio tanque, y patrullaba el "living" armada con un cucharón de cobre y un gran jarro de ese magnético clery que atraía copas como la miel a las moscas. Entretanto, mi abuelito Víctor recibía a los tristes invitados ofreciéndoles cálidas y reconfortantes palabras nacidas desde ese límpido fondo de su corazón de Hombre-niño. Su calidad humana llenaba todos los espacios, apagaba todos los ruidos, y enjugaba todas las lágrimas. No me acuerdo de haber llorado ni una vez en mi vida cuando estuve en su dulce y protectora compañía.

Durante mis Años de Estudiante
Durante el tiempo aquel en el que estaba estudiando Ingeniería en la Universidad Federico Santa María en Valparaíso, solía ir a su casa todos los Miércoles a visitarlo. Todos los Miércoles disfrutábamos de un almuerzo cariñoso, y compartíamos nuestro amor y nuestras alegrías. Infaltablemente cada vez que la visita terminaba y yo regresaba a mis actividades insanas; él escurría furtivamente un crujiente billete nuevo de 50 Escudos en mi bolsillo, y con un abrazo aún más cálido que su sonrisa, se despedía de mí.

Un Miércoles perdido entre las desordenadas semanas de mi vida, no fuí a visitarle. No teníamos teléfono ni ninguna manera práctica de comunicarnos, así que no le pude avisar del cambio de planes de última hora. Ese Miércoles pasó sin mayores altibajos, pero el día siguiente y mientras estaba en medio de una de mis clases en la Universidad, de pronto le ví asomarse a la puerta de nuestra aula. Se detuvo en el dintel y al ver que interrumpiría la cátedra, retrocedió en el acto y se quedó esperando en el pasillo. Mi profesor preguntó si alguien conocía a ese señor, y un poco avergonzado levanté mi mano y dije que era mi abuelito Víctor. El profesor me pidió que saliese y fuese a ver qué pasaba.

Salí presuroso y con gran ansiedad del aula y me dirigí hacia donde mi abuelito Víctor estaba esperando. Al verme, desató su mitológica y amplia sonrisa que llenó todos los espacios y las grietas de los magnos edificios de la Universidad. Cuando le pregunté que por qué estaba allí, él me respondió de que estaba preocupado por mi ausencia el día anterior, y venía a ver si yo estaba bién. Una vez que comprobó a su satisfacción de que yo estaba en una pieza, me entregó una bolsita de papel que contenía un sándwich, una naranja, y un billete de 50 Escudos. Los había traído por si tenía hambre. Satisfecho de lograr su cometido, se despidió de mí tan cariñosamente como siempre, y regresó al Cerro Alegre. Esta vez, sí derramé un ardoroso y franco par de lágrimas de emoción. Sin duda, mi abuelito Víctor no era un hombre; él era un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana.

Su Partida
El día que murió temblaron todos los cimientos de mi vida. La angustia de perder ese colosal ser humano que exudaba tanto amor y piedad por sus prójimos, especialmente por su familia, dejó un vacío formidable que nunca he sido capaz de cerrar completamente. La pérdida que el Hombre sufrió con su partida, desequilibró completamente los fundamentos de la raza humana que le conocía. Si los dioses realmente existen; mi abuelito Víctor cierta e inequívocamente, fué uno de ellos.

¡Nunca ví ni he visto en mi vida tanta gente reuniéndose para despedirle! Su velada fué, a pesar de lo triste de su partida, uno de los momentos más felices de mi vida. Nunca ví tanta gente y de tantos lados diferentes llegando a despedirle de su morada terrena en su inesperada partida. Muchísimos de ellos compartieron tantas bellas memorias, tantas anécdotas y tantos actos de caridad, de buena voluntad y de misericordia que él había repartido con tanta abundancia y desprendimiento entre sus amados seres humanos sin distinción ninguna. Nunca ví tantos extraños relatando tantas cosas hermosas nada de extrañas en la vida de este colosal abuelo. La pena que provocó su muerte fué tan grandiosa, tan sideral; que mató a los ángeles que aún quedaban vivos; y es por eso que los ángeles ahora no existen. No hay duda de que mi abuelito Víctor no fué un hombre; sino que fué un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana.

El sólido e iluminado camino que dejaste marcado para nosotros, lo imprimiste tan bien y claramente con esos hermosos moldes de tu verdad; y lo bordaste tan detalladamente de tantos ejemplos excepcionales, que es imposible perderse en él si lo caminamos con la honestidad que lo ilumina. Gracias abuelito Víctor por ser quién fuíste cuando caminabas entre nosotros, e infinitas gracias por ayudarme a ser quién soy.

Cuando cavilo acerca de los grandes hombres que la historia ha descrito en sus arrugados papiros de tiempo suscritos con tinta y pluma, éstas minutas hablan de proezas y de actos de temeridad y descubrimiento, hablan de hechos, de lúcidos momentos de intrepidez y conquista, y narran detalladamente sucesos de exploración y triunfo; pero ninguno de estos volúmenes describen la intricada y profunda experiencia humana como las que derrochó tan generosamente mi abuelito Víctor. Quizá él haya ido a un hermoso lugar como su alma, un lugar hermoso; hermoso quizá como Caleta Tortel

No quiero quitarle crédito ni disminuír la solvencia de los grandes méritos que estos grandes hombres produjeron según la historia reporta, pero su impacto es sólo válido para la fría e impersonal historia… y sí, eso también tiene su valor… Pero el verdadero valor de los grandes hombres de la Humanidad radica en aquellos hombres que tocaron profunda y directamente nuestras vidas de una manera inexorablemente significante; y tú, abuelito Víctor, le has demostrado a tantos de que los hombres genuinamente magnos, los héroes imperecederos, tienen un impacto directo y final en medio de nuestras almas, dejándolo impreso para siempre en las mismas fibras de nuestra frágil pero implacable naturaleza mortal, con una diferencia palpable y fundamental tan perdurable y sempiterna como los espacios que llena la luz. Los verdaderos héroes no son hombres, sino que son como tú, abuelito Víctor; son un Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la raza humana.

La Naftalina
Mi abuelito Víctor no era un hombre de muchos medios, sin embargo; daba la impresión de que tenía más de lo que poseía. Él era concienzudo y velador de sus patrimonios, y nunca desperdiciaba o malgastaba nada. Él era frugal, él era austero y no miserable como muchos otros que conozco bien. Mi abuelito Víctor tenía dos chaquetas para salir, chaquetas que mi abuela llamaba graciosamente con su acento sureño: "Paltó", que quizá era un derivado de la palabra francesa "paletot", que significa "sobretodo".

Cada vez que mi abuelito Víctor tenía que salir a alguna parte y debía usar uno de sus "paletós"; cuando se lo colocaba me miraba seriamente mientras sacaba tres bolitas de naftalina de uno de los bolsillos de la prenda y los depositaba en un mueble que asemejaba una "cómoda" que se encontraba en el pasillo de su casa. "Para que las polillas no se coman mi chaqueta" me decía muy serio. "a las polillas les duele el estómago con la naftalina y dejan la ropa tranquila". Acto seguido, se iba a sus quehaceres.

Cuando volvía de sus correrías de rigor, me llamaba y me decía mientras se sacaba el "paltó" y volvía a poner otra vez las tres bolitas de naftalina en el otro bolsillo de la chaqueta: "No hay que olvidarse de la naftalina, pero hay que cambiarla de bolsillo para engañar a las polillas. Así la ropa dura más". Luego colgaba la chaqueta y desaparecía por uno de los pasillos de aquella enorme casona llena de hermosas sombras. A pesar de los reclamos de mi abuela, a mi abuelito Víctor nunca le importó llevar ese característico y perfumado aroma que desprendía la naftalina. Él lo llamaba "olor a nuevo".

"Carloto" y "Ursus"
"Carloto" era un enorme y feroz gato de la casta "Norwegian Forest Cat". Era enorme porque era "guatón", y no porque la raza lo fuese. "Carloto" era un experto cazador de ratas y palomas, y un "gourmet" para comérselas. No sé que hacía con las ratas, pero cada vez que cazaba una paloma, la traía al dintel del dormitorio de mi abuelito Víctor, para que él la hirviera un poco en agua y se le cayeran las plumas, y después se la comía echado sobre las cubiertas de cemento que tapaban el gran pozo de agua de la casa. Lo feroz le venía del ancestral bosque Noruego, y lo grande ("guatón" para ser más exactos) le venía de tanto comer.

"Ursus" era un perro Pastor Alemán. La denominación "perro" es solamente un remoquete porque "Ursus" era un perrazo descomunal, feroz como el hambre, y manso como el pecho de una madre. "Ursus" es una palabra del Latín que significa oso, así que el nombre le calzaba a la perfección. También este mastín de mi abuelito Víctor era indómito y montarazmente fiero como el "Ursus" de "Quo Vadis?", y dejaba en vergüenza a los "dingos" y a los "dobermann" en cualquier terreno.

El asunto es que en muchas ocasiones cuando pasábamos tiempo en la casa, mi abuelito Víctor me llamaba y me decía: "¡Rodrigooo! Nieto, ¡ven! Vamos a hablarle a "Ursus" de las cosas importantes de la vida". Acto seguido, nos sentábamos bajo la generosa y fresca sombra de la anciana higuera del patio de la casa, y "Ursus" se echaba a un costado con la cabeza sobre las patas, y miraba a mi abuelito Víctor con sus enormes ojos resignados, sabiendo que venía otro de aquellos discursos acerca de las cosas de la vida. "Carloto" siempre aparecía para estas reuniones haciéndose el desinteresado, pero se echaba junto a "Ursus" y comenzaba a lamerse la piel metódicamente mientras escuchaba.

Y mi abuelito Víctor comenzaba su discurso diciendo: "Mira "Ursus", tu sabes que hay que ser siempre respetuoso en esta vida; hay que respetar a los demás y a su propiedad. El respeto te abrirá muchas puertas, más puertas que las que abren las palabras "tire" y "empuje" -y se sonreía al decirlo- así que aunque a veces no te sientas con deseos de respetar a alguien, hazlo de todas formas porque eso te hará más grande". Y así, mi abuelito Víctor hablaba de respeto, de responsabilidad, de honestidad, de perseverancia, de paciencia, de humildad, de valentía, y de otros muchos principios y virtudes tan dulces y ciertos, como los hermosos y jugosos higos que nos brindaba la anciana higuera de su patio.

Años después, cuando me "destonté"; me dí cuenta de que mi abuelito Víctor me hablaba a mí, me enseñaba a mí con su delicada cortesía y agudeza, y mientras le hablaba a "Ursus" y a "Carloto", él me inculcaba con infinito amor los valores más sólidos y más pristinos con los que se rigieron desde entonces los días de mi vida. Así fué como sin saberlo, absorbí grandes sorbos del manantial del alma más grandiosa que jamás haya brotado de la prodigiosa raza humana.

No más…
Ya he llenado varias páginas de mis recuerdos de él, y no acabo por decidirme dónde empezar a contarlos… Quizá como los recuerdos que usted tiene de su abuelo, o de algún otro ser querido que haya dejado una profunda huella en su existencia; estos recuerdos jamás se podrán relatar con la riqueza enorme con que los vivimos, ni con la intensidad con que se cincelaron en nuestras vidas, por eso; es mejor guardar algunos de estos nostálgicos recuerdos para disfrutarles egoístamente en la compañía de nuestros silentes pensamientos y de nuestras sosegadas añoranzas.

Lo que me Dejaste
Lo que aprendí de tí lo atesoro como atesoro los montaraces y bravíos sueños de mi vida. Lo que aprendí de tí, me enseñó a sortear los más difíciles caminos, y a salvar los más arduos y espinosos obstáculos de la agreste y larga calzada de mi vida. Quizá una de las cosas más importantes en las que me instruíste, fué el saber cuándo cerrar muchas de aquellas puertas a través de las cuales, el error podría haber entrado impune.

Sin embargo, la enseñanza más hermosa, desmedida y profunda que me dejaste no fueron tus juiciosas palabras ni tus sabios consejos; sino que fué esa tibia y aseguradora sensación que me dieron tus huesudas manos de arduos dedos, cuando me asías cariñosamente de mi mano y con infinito amor cada vez que caminábamos juntos sobre esos eternos adoquines de las gastadas calles del alegre Cerro Alegre.

Me gustaba caminar con mi abuelito Víctor porque sus pasos eran cortos como los míos; me gustaba caminar con él porque nunca se apuraba, siempre me daba tiempo para demorarme y observar las cosas. Me gustaba caminar con mi abuelito Víctor porque sus ojos veían lo que veían los míos y a la misma altura; veíamos piedras, veíamos palomas, y también veíamos el sol que se alejaba… La mayoría de las personas estaban siempre apuradas sin tiempo para detenerse y ver lo que nosotros veíamos. Me gustaba caminar con mi abuelito Víctor porque él tenía mucha paciencia, y porque él era joven como yo…

Lo que aprendí de tí lo atesoro con el más alto valor de la escala humana, porque aún no he podido encontrar a ningún otro hombre de tu estatura simplemente porque tú, mi querido abuelito Víctor, no fuíste un hombre; sino que has sido un irreemplazable Universo colosal contenido en el alma más grandiosa que jamás haya brotado de la prodigiosa raza humana.

Tu nieto de hierro, Rodrigo

El Loco

La Visita

- Ten cuidado, por favor - dijo ella casi gimiendo y en tono de súplica. - Hazlo despacito - agregó con una voz entrecortada y casi sin aliento.

- Dolores, relájate por favor - dijo él con una voz varonil y segura, mientras que posaba cariñosamente su mano izquierda sobre la dulce piel de la sudorosa mano derecha de Dolores.

Dolores se acomodó en la amplia y confortable butaca algo inquieta. Se podía percibir su nerviosidad y tal vez un poco del miedo que se dejaba delatar en sus abiertos y claros ojos. Era la primera vez para ella. Él, por supuesto que tenía mucha experiencia en estos asuntos, y lo había hecho ya muchas veces antes.

Ignacio se inclinó delicadamente sobre Dolores. Estaba tan cerca de su cara que podía sentir en sus mejillas el aliento de Dolores que salía esporádico y nervioso. Dolores estaba temblando. Despacito y delicadamente, tratando de que Dolores no la viese, Ignacio tomó firmemente su herramienta con la mano derecha y la dirigió hacia Dolores.

- Ábrelas - le dijo a Dolores con una voz dulce y descansada.

Dolores las empezó a abrirlas lentamente mientras que miraba como hipnotizada la sólida herramienta de Ignacio que iba acercándose a ella despacito. Súbitamente, Dolores las cerró otra vez e inquirió:

- ¡Ignacio, estoy asustada! ¡Es mi primera vez!

- Lo sé Dolores. Lo haré con mucho cuidado para que te duela lo menos posible.

- Bueno, pero sé gentil por favor - exclamó Dolores con un dejo de resignación en su temblante voz, y seguidamente, las abrió lentamente como si estuviera midiendo la emoción que la embargaba en ese crucial momento de su juventud, y aguantó la respiración mientras que su corazón palpitaba alocadamente en su joven pecho…

Unas Semanas Antes
Unas cuantas semanas previas a este emocional episodio, Dolores e Ignacio se conocieron incidentalmente en una elegante función de teatro al que Dolores asistía con su familia para celebrar el aniversario de matrimonio de sus padres. También la acompañaba a esta función su hermano mayor, Lucas, el cual había iniciado una casual conversación con su vecino de asiento, Ignacio.

Ignacio se encontraba solo atendiendo a esta gala simplemente porque a él le gustaba mucho el teatro, y porque era un asiduo amante de las artes. Esa noche presentaban la obra: "Un Candil, Dos Flamas", una obra romántica e intemporal que hablaba de una historia de amor entre una bella jovenzuela un poco liberal y un hombre maduro ya sentado en sus maneras; una pasional relación que la sociedad y las familias de ambos protagonistas condenaban categóricamente.

Unos segundos antes de que la obra comenzara y mientras la sala se obscurecía lentamente y el ruido de las conversaciones se apagaba respetuosamente, Dolores se quejó con un susurro a Lucas de que la persona que estaba sentada enfrente de ella era muy alta, y no la dejaba ver el escenario sin taparle la vista. Como Lucas era un caballero atento y comprensivo como todos los miembros de su familia, le ofreció prontamente a Dolores que cambiaran asientos ya que él era más alto y no le estorbaría la persona de enfrente. Seguidamente y en un santiamén se cambiaron de asiento, y así Dolores terminó sentada al lado de Ignacio quién la recibió con una amplia y sincera sonrisa. Dolores le contestó la sonrisa con su cara de ángel, y la obra comenzó a desarrollarse detrás del telón que se levantaba apresuradamente.

La obra se desenvolvió sin novedades capturando la atención de los asistentes que no se perdían un detalle del desenvolvimiento de ésta. Durante la obra, Dolores notó que Ignacio de vez en cuando se tornaba hacia ella disimuladamente y la miraba por un segundo, o dos; y después tornaba su rostro rápidamente hacia el tablado del teatro. Esto pasó unas tres veces más o menos, y después de un tiempo que pareció corto por la buena calidad de la obra, ésta terminó por fin y fué coronada bulliciosamente con un multitudinario aplauso de los concurrentes que se pararon de sus asientos y aplaudieron hasta que los artistas reaparecieron por detrás de los gruesos y pesados cortinajes a brindarles una reverencia más al público que le aclamaba entusiasmado.

Las luces comenzaron a clarear el salón, y la murmurante bulla de las conversaciones recuperó apresuradamente el nivel de decibeles que había perdido con el comienzo de la obra teatral un par de horas antes, y mientras el público se abalanzaba ordenadamente hacia las salidas de la sala, en dirección al foyer del teatro en donde había souvenirs para la venta, refrescos, y un pintoresco bolichito como un Café en donde los bohemios y el auditorio social se juntaban a comentar la obra y a disfrutar de unos minúsculas tacitas de café con un enorme sobreprecio. Las tacitas de café eran pequeñas como las esperanzas de los pobres, y el precio era tan inflado como los cacareados y huecos egos de los políticos. La gente pagaba igual porque la gente siempre sufre de sequías mentales.

Daniel y Elena, los padres de Dolores y Lucas ahora tuvieron la oportunidad de estrechar manos con Ignacio, y después de una animada charla que duró menos de un minuto, Daniel les invitó a todos a sentarse unos momentos en el Café, a tomarse un café liliputiense acompañado por unas galletitas de mantequilla más chicas que un espermio de ballena, y a charlar sobre la obra. Se acomodaron en una mesita redonda, chica como lo era todo en este Café, arrimaron unas sillas en las que sólo cabía un cachete del poto, y se enfrascaron en una alegre tertulia mientras sorbían cuidadosamente sus cafés enanos para no tragarse la taza, y mordían las galleticas con gran arte para no morderse los dedos. En el Café era todo minúsculo, con la excepción de la caja registradora que era enorme.

Entre el ruido de las conversaciones, el humo de los cigarrillos de los retardados mentales que fuman, y el aromático ambiente del Café, de la nada apareció espléndidamente Gloria, la actriz principal de la obra, y haciéndose camino entre el humo de los cigarrillos de los retardados mentales que fuman, se acercó seductoramente a la mesa de los Fernández. Daniel Fernandez se paró apresuradamente de su sillita de muñecas, y entre gestos de amabilidad y orgullo, le presentó Gloria a Ignacio:

- ¡Ignacio! - exclamó orgulloso, - ¡ésta es Gloria, mi hermanita actriz! -, e hizo un breve y ansioso intervalo para ver qué cara ponía Ignacio y para ver lo que decía, mientras sostenía una amplia sonrisa congelada en su cara que le empujaba incómodamente el enorme bigote en contra de la narizota que Daniel poseía. Nadie en la familia entendía las enigmáticas razones de Daniel para subrayarse la narizota con semejante mostacho, pero ya habían abandonado sus esfuerzos de entender a Daniel, a su ciclópeo apéndice nasal, y el cepillo de cerdas que le acompañaba pegado al labio superior.

Ignacio se incorporó apresuradamente y extendiendo su mano hacia Gloria, y tomándole suavemente la delicada mano a la actriz, le dijo:

- Es un enorme placer y una agradable sorpresa el conocer a tan distinguida y talentosa dama - acto seguido, cogió una de esas sillitas enanas del Café que le robó caballerosamente a la mesa del lado, y la acomodó cerca de Dolores para que Gloria se asentara el cachete de su elección. Dolores no pudo dejar de notar claramente la caballerosidad, la clase, y el respeto con que Ignacio se desenvolvía.

La alegre tertulia del grupo duró unos cuarenta minutos hasta que la cajera del boliche anunció que deberían cerrar el establecimiento prontamente. Todos se prepararon para marcharse y después de las formales cortesías de despedida, todos se fueron de vuelta a los lugares desde donde habían venido. Durante el camino a casa, Dolores repasaba las memorias que Ignacio le había dejado colgadas de su mente, como aquellas migajas de las galleticas de mantequilla que se habían quedado pegadas al bigotazo de su padre; migajas del mismo tamaño insignificante como la ayuda que los ciudadanos reciben de sus gobiernos.

Habían pasado casi dos semanas ya desde aquella velada, cuando Dolores se dirigió al mismo teatro donde su tía Gloria actuaba, a comprar boletos para la familia que asistiría a la nueva obra de su tía que se estrenaría en un par de semanas. Para sorpresa y agrado de Dolores, encontró a Ignacio en la caseta de venta de boletos. Ignacio la reconoció de inmediato y la saludó cortésmente. Como ambos estaban apurados corriendo diligencias, Ignacio le dió su tarjeta de presentación y le rogó a Dolores que lo llamara más tarde para charlar. Esa noche antes de irse al lecho, Dolores llamó por teléfono a Ignacio.

Ella
Dolores era la típica muchacha de buena familia: educada, recatada, respetuosa y culta; pero con una enorme inquietud de vivir esa joven y ansiosa vida de ella. Dolores atendía un colegio privado de alta alcurnia y muy respetado, administrado por unas monjas llamadas Carmelitas, aquellas que por muy Carmelitas que sean; se mojan los pendejos cuando mean. Era una estudiante perfecta y el orgullo de cualquier padre. Aunque ella sentía la presión envidiosa con que las benditas monjas le contenían neciamente y embaucadoramente sus ansias de vivir la juventud con sus añejas y ortodoxas reglas que subyugan y matan el libre espíritu humano, Dolores se manejaba para darse sus recatados gustos y libertades sin levantar sospechas. El cinturón de castidad mental y mojigatería espiritual de las Carmelitas no era adversario para el libre espíritu de Dolores. Dolores tenía dieciocho años.

Él
Ignacio como todo caballero de la época, era un reconocido profesional que se había ganado el profundo respeto de la comunidad por su honestidad, calidad humana, y profesionalismo. Ignacio se había forjado un lugar preponderante en la sociedad en que vivía, y aunque él era soltero aún, no se vislumbraba en él ningún comportamiento que fuera a crear una duda sobre su distinguido carácter, o una mínima sospecha de una vida libertina o irresponsable. En palabras categóricamente femeninas, Ignacio era el hombre perfecto. Ignacio acababa de cumplir treinta y cinco años la semana pasada.

La cita
Habían pasado otras dos semanas desde la última vez que Dolores viera a Ignacio en la taquilla del teatro, pero ellos ya se habían comunicado por teléfono con anterioridad, y los detalles de esta conversación privada no los delataré aquí por respeto a tan pundonorosa pareja; pero he de decir que Ignacio y Dolores se pusieron de acuerdo para verse privadamente en esa semana, la que ya pasaba rauda y ansiosa por los días de Dolores.

Dolores se encaminaba nerviosa pero diligente al lugar de Ignacio. Vestía una falda tableada roja, y apretaba ansiosa un pañuelo en el bolsillo derecho de su chaqueta. Sus contorneadas y bellas piernas se movían presurosas al cruzar las calles y al sortear los baches del camino hecho de mudas veredas y transcurridas calles. Hoy, el paisaje no le llamaba la detallada atención que solía capturar de ella. Su concentración estaba dirigida a otra cosa…

Eran cerca de las cinco de la tarde y el sol parecía estar marcando su tarjeta de salida, y los edificios se preparaban para vestirse de crepusculares matices. Ya casi había llegado a destino, y a pesar de su diligente caminar, ni una gota de sudor ornaba su clara frente. Después de entrar al edificio y viajar en el viejo Otis que la elevó silenciosamente y sin vértigo hasta el séptimo piso, emergió del ascensor y buscó acuciosamente la puerta correcta en la hilera de mamparas del corredor enfrente de ella, hasta que la encontró.

La puerta no tenía gusto a nada. Tampoco lucía mejor o más excitante que las otras puertas que marchaban militarmente en el corredor sin moverse. Por alguna razón desconocida, Dolores pensaba que esta puerta luciría distinta… Pero no, era una puerta sin personalidad y tan callada como las otras.

Después de unos fugaces pero palpitantes momentos en que respiró profundamente, Dolores golpeó la puerta tímidamente con los blancos nudillos de su delicada mano. Dió tres golpes en el postigo con un poco de miedo e indecisión, pero lo suficientemente enérgicos para que Ignacio la pudiese escuchar. Los golpes parecieron retumbar ensordecedoramente en el pasillo, que ahora se insinuaba abiertamente como una de aquellas numerosas indecentes y obscenas catacumbas de los Jesuítas.

Escuchó unos pasos detrás de la puerta apenas perceptibles entre los latidos de su corazón, y sintió un engorroso cosquilleo en su estómago. La puerta se abrió sin crujidos ni suspenso, e Ignacio apareció tras la mampara con su chispeante sonrisa y la invitó a entrar. Dolores accedió sin chistar, y con paso seguro y tratando de ocultar el brillo de sus ojos, franqueó el reservado portal que marcaría el comienzo de la subsecuente experiencia de su joven vida.

Ignacio tomó el gabán de Dolores y lo colgó despreocupadamente en el closet cerca de la puerta mientras que Dolores lo observaba. Acto seguido, la invitó a tomar asiento. Dolores estaba nerviosa otra vez y se quedó parada donde estaba. Ignacio insistió con una sonrisa indicando con su mano izquierda hacia el sillón. Dolores se acercó al enorme sillón y se sentó un poco compungida en el borde.

Ignacio se le acercó, y suavemente le empujó los hombros a Dolores con ambas manos hasta que Dolores quedó recostada en el enorme sillón.

- Relájate - le dijo, - no tengas miedo - le repitió con su cara cerca de la de Dolores que ahora podía sentir el vaho del aliento de Ignacio. Se estremeció, y sus temblantes manos parecían competir con las agitaciones de su pecho. Tenía las piernas como entumecidas y casi no las sentía. Estaba muy nerviosa.

Cuando Ignacio se le acercó lentamente y ya preparado, la miró con dulzura y le dijo:

- Es hora - Su amplia sonrisa avalaba su calma. Dolores solo pudo dejar escapar un débil suspiro que arrastró consigo un exánime gemido muriente. Abrió sus grandes y hermosos ojos mirando a Ignacio y exclamó todavía nerviosa:

- Ten cuidado, por favor, hazlo despacito - agregó con una voz entrecortada y casi sin aliento, mientras su seca lengua trataba de esbozar palabras coherentes.

- Dolores, relájate por favor - dijo él con una voz varonil y segura, mientras que posaba cariñosamente su mano izquierda sobre la dulce piel de la sudorosa mano derecha de Dolores.

Dolores se acomodó en la amplia y confortable butaca algo indecisa. Se podía percibir su nerviosidad y tal vez un poco del miedo que se dejaba delatar en sus abiertos y claros ojos. Era la primera vez para ella. Él, por supuesto que tenía mucha experiencia en estos asuntos, y lo había hecho ya muchas veces antes.

Ignacio se inclinó delicadamente sobre Dolores. Estaba tan cerca de su cara que podía sentir en sus mejillas el aliento de Dolores que salía esporádico y nervioso. Dolores estaba temblando. Despacito y delicadamente, tratando de que Dolores no la viese, Ignacio tomó firmemente su herramienta con la mano derecha y la dirigió hacia Dolores. Cuando estuvo encima de ella, posó cariñosamente su mano izquierda sobre la rodilla de Dolores que se movía convulsivamente y agregó en voz baja:

- Ábrelas -

Dolores empezó a abrirlas lentamente mientras que miraba como hipnotizada la sólida herramienta de Ignacio que iba acercándose a ella despacito. Súbitamente, Dolores las cerró otra vez e inquirió:

- ¡Ignacio, estoy asustada! ¡Es mi primera vez!

- Lo sé Dolores. Lo haré con mucho cuidado para que te duela lo menos posible - susurro Ignacio con cálida y tranquilizante voz.

- Bueno, pero sé gentil por favor - exclamó Dolores con un dejo de resignación en su temblante voz, y seguidamente, las abrió lentamente como si estuviera midiendo la emoción que la embargaba en ese crucial momento de su juventud, y aguantó la respiración mientras que su corazón palpitaba alocadamente en su joven pecho…

Ignacio le acomodó a Dolores las caderas en la butaca para que ambos estuvieran más cómodos… Dolores todavía temblaba, pero ahora con un dejo de resignación y una ansiedad ahogante, y comenzó a abrirlas de nuevo.

Ignacio con infinita paciencia y poco a poco le ayudó a abrirlas ya que Dolores todavía se resistía como no queriendo, pero con su mano segura, se las abrió completamente. La miró a los ojos, y lentamente hizo el amago de metérsela, pero Dolores presintiendo lo que pasaría, las cerro rápidamente otra vez.

Ignacio, un hombre paciente y sabedor, la miró con una sonrisa tierna y poniendo su mano en la rodilla de Dolores, le musitó al oído:

- Dolores, relájate, esto no es nuevo. Pasa en todas partes y muy a menudo. Al principio cuesta un poco, pero después lo haces voluntariamente. Déjame ayudarte… - y diciendo esto, le introdujo súbita pero delicadamente su dedo índice a Dolores que dejó escapar un gemido disfrazado de suspiro que llenó los vacíos espacios de la habitación.

El clímax
Sólo algunos minutos habían transcurrido, pero ambos ya traspiraban y la habitación parecía mas calurosa que de costumbre. Ignacio con la ayuda de su experto y suave dedo el que introdujo aún más adentro de Dolores, continuaba asegurándole de que no le lastimaría tanto. Con la concomitancia de su magnífico dedo, Ignacio logró abrírselas completamente a Dolores quien ya había dejado de resistir… Entonces, despacito, y con la habilidad y experiencia que los duchos tienen, se la metió completamente a Dolores. Un escalofrío repentino le recorrió el cuerpo a Dolores cuando sintió la dura herramienta de Ignacio penetrándola.

De pronto Dolores dió un corcovo y se incorporó de la poltrona exclamando con voz agitada y trémula repentinamente:

- ¡Ignacio perdona! ¡Es que estoy asustada! - a lo que Ignacio respondió:

- No te preocupes, tratemos de nuevo - y acto seguido le volvió a insertar el dedo a Dolores que esta vez ya no resistió, aunque su joven corazón parecía querer salírsele a borbotones de su joven y hermoso pecho.

Sin perder más tiempo, Ignacio le volvió a introducir su instrumento a Dolores, pero esta vez Dolores lo sentía más grande y más caliente; y entonces Ignacio comenzó a forcejear suavemente. Dolores se estremeció y sujetó a Ignacio por el brazo y lo miró intensamente mientras aguantaba la respiración a duras penas. Viendo que Dolores estaba como resignada, comenzó a forcejear más duro con su rígido instrumento tan varonil. Las respiraciones comenzaron a ser más intensas y el sudor ya se podía sentir recorriendo sus húmedas teces.

De pronto, Dolores gritó: - ¡Sácamela, sácamela por favor! - pero Ignacio estaba como en trance y seguía forcejeando con más vitalidad y a un ritmo más acelerado y compulsivo. Los dos forcejeaban entre agitadas respiraciones y trenzados en una lucha aunque física, no era belicosa y esta pugna tenía un ritmo candente e íntimo. Después de un fugaz y ardiente forcejeo que no parecía querer terminar, Dolores gritó efusivamente:

- ¡Sácamela, sácamela por favor! - Pero Ignacio seguía con su incontrolado embate y forcejeo…

- ¡Sácamela Ignacio, sácamela por favor! -

- ¡No, no me la saques, nó, nó, nó! -

- ¡Por favor…! -

- ¡Ay, ay! ¡Sácamela! ¡Sácamela! ¡No más por favor! - mientras se revolcaba en la butaca…

- ¡Nó, nó me la saques, nó, nó, nó! -

- ¡Si, nó, ay! ¡Sácamela, nó déjala ahí! ¡Déjala, ay, ay, ay dios mío!

- ¡Ya casi! - Ignacio se remitió a decir con una pesada y entrecortada respiración mientras forcejeaba fuera de sí -¡Ya casi! ¡Ya casi! -

- ¡Ay, nó, nó, ¡Sácamela! ¡Sácamela! ¡No, déjamela ahí por favor! - gritaba en éxtasis Dolores, pero Ignacio inmutable, seguía forcejeando hasta que de pronto, dejo salir un profundo y largo suspiro acompañado de un alarido de satisfacción primal, el cual era estrechamente escoltado por gruesas gotas de sudor que se mezclaban con las de Dolores.

En un santiamén y jadeando pesadamente, Ignacio se la sacó. Ambos estaban agotados y una tenue atmósfera de desahogo descendió sobre la ahora caldeada habitación. Instintivamente, Dolores se tocó ahí con sus delicados dedos. Sintió algo caliente y mojado… se miró los dedos… ¡era sangre! Dolores dejó escapar un gran gemido y miro a Ignacio aterrorizada. Ignacio que ya había recuperado el aliento le dijo pausadamente:

- No te preocupes Dolores. Sanará en unos pocos días y ya no sentirás nada; no tienes que preocuparte. ¿Te duele? -.

- Un poco…, me tengo que ir…-

- Entiendo - dijo Ignacio.

Dolores se levantó de la butaca en silencio y mirando al suelo se dirigió al closet donde estaba su gabán. Ignacio la siguió de cerca.

El adiós…
La experiencia no había sido nada de cómo Dolores se lo había imaginado. Le había dolido más de lo que esperaba, y nunca se imaginó que le saldría tanta sangre; y el forcejeo sudoroso fué algo nuevo que no había experimentado hasta entonces, pero no estaba desilusionada. Por el contrario, estaba contenta de haberlo hecho. Se colocó el gabán con una calma inusitada, se despidió de Ignacio con una amplia sonrisa pero sin decir nada, y se marchó a casa absorta en sus pensamientos. Esa muela con caries ya no le molestaría nunca más.

Moraleja
Hay una congregación de dulces monjitas,
muy buenas y beatas, llamadas Carmelitas,
que por más beatas y Carmelitas que sean,
se mojan los pendejos cuando mean.

Moraleja: Cuando llueve, todo se moja.
Moraleja: No sea mal pensado.
Moraleja: Controle su imaginación.

El Loco