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El Pupitre

Ahora que estoy más gastado(1) y fuera del alcance de las filosas garras de algunos de mis muchos profesores, todos ellos excelentes personas debo mencionar; los que cuando lean esto, es muy posible que aún me quieran asesinar con gran delirio, justificado aturdimiento emocional y satisfacción primal.  Pero desde la segura, enmascarada y macanuda distancia en la que me encuentro, convenientemente disimulado y camuflado en el hemisferio Norte de nuestro planeta, en este momento me siento un poco más seguro y resguardado para revelar y relatar las inicuas e invulnerables aventuras de las que hice cómplice involuntario a mi sereno y fiel pupitre.

(1)  Nunca me ha gustado usar la denigrante palabrita: "viejo", simplemente  porque la "edad" solo existe en la imaginación, profundamente arraigada en las mentes más subyugadas por los correlativos instantes del ciclo del tiempo.  La ropa se pone vieja, los zapatos se ponen viejos, y a veces hasta las esperanzas se ponen viejas;  pero no los seres humanos de carácter vibrante y poseedores de una visión con perspectiva, no nos ponemos viejos.  ¡No señor!, nosotros estrictamente hablando; nos gastamos.

Técnicamente, se le llama "pupitre" a una pintoresca mesa con cajón, la que tiene un gran surtido de patas y extremidades de apoyo dependiendo del gusto y estilo de cada usuario, y es lo que utilizaban los inocentes niños como lo era yo durante la larga estancia en el colegio, mientras masticábamos y nos comíamos el currículo educacional a fuerza de "chascazos"(2), y sobre el que realizábamos nuestros estudios y los trabajos que nuestros maestros nos encargaban tan cariñosamente.

(2)  La Chasca era un artilugio infernal  de madera de palo de árbol de bosque, el que se asemejaba mucho a una endiablada pinza con una descarada y matrera esfera en uno de sus extremos, y que le servía a los "mochos" para hacer ruido, para llamar la atención, para darnos por la cabeza, y para joder.

En caso de que no se acuerden, --porque a veces nos pasa a nosotros los "gastados" de que nuestra memoria emigra junto con los pelos de nuestras blandas cabecitas, lo que contribuye a una progresiva y prematura alopecia retentiva-- los pupitres son unas graciosas mesas que consisten por lo general en un cajón amplio que se cierra con una tapa superior sobre la que apoyábamos los codos cuando dormíamos durante las aburridísimas y vanutópicas clases de religión.  La tapa de nuestros pupitres siempre estaba inclinada en una desagradable gradiente, lo que era una jodienda para mantener los lápices quietos en su lugar.  En su extremo superior horizontal, el pupitre tenía un surco el que se suponía que era para los lápices, pero que no servía porque era poco hondo e inapropiado para este objetivo. 

También tenía un hoyo muy peculiar para, supuestamente; poner un tintero.  Esto explica el surco de descanso para las plumas pero no para los modernos lápices.  Desprendiéndose claramente del modelo de pupitre que nosotros teníamos y usábamos en el docto "Instituto Alonso de Ercilla"(3), aparentemente estos vetustos pupitres los trajo Ercilla él mismo desde España en una de sus arrugadas alforjas de cuero de chancho Vasco, el que aparentemente antes de ser despellejado; era turnio.  La mayoría de nuestros pupitres no estaban muy cojos, o muy rayados o a muy mal traer porque a pesar de nuestros vandálicos y repetidos esfuerzos, los pacientes y cuidadosos Hermanos Maristas los mantenían como se mantiene una Novena. 

(3)  Para ser justos y ecuánimes, los pupitres no se inventaron hasta el año de 1880 por John D. Loughlin en Sidney, Ohio; el mismo año en que comenzó la construcción del Canal de Panamá; en que Tomás Edison patentó su primera lámpara incandescente; y cuando se completó el primer Censo en los Estados Unidos de Norteamérica, el que arrojó una población de 50.155.783 habitantes, contando a James A. Garfield, el vigésimo Presidente de USA.  ¿Los pupitres que trajo Ercilla?, pues en España les llamaban Mesa-banco bipersonal (pero creo que ellos decían: perzonal).  ¿Qué cosas, no?  

A pesar de que el pupitre tenía una función escolástica muy específica, éste era un artefacto multifario de misceláneos servicios, heterogéneas aplicaciones y diversas y disparatadas funciones.  Por ejemplo, servía para guardar el almuerzo y para estibar la ropa de de la clase de gimnasia la que normalmente estaba más hedionda que un ciclista francés después de la vuelta a Francia.  También se utilizaba activamente como taburete para cambiar ampolletas, como barricada de defensa para bloquear las puertas, como fortificación durante las guerras de comida, como almacén de venta de golosinas, para esconder las paletas de helados mientras las chupábamos y para que los profesores no se percatasen de ello, como pódium para discursos, y como una práctica y sorpresiva guillotina ajusticiadora de los dedos y manos de nuestros incautos enemigos, y como zoológico(*).  ¡Ah!, y también a veces nos servía para guardar nuestros libros y algunos de nuestros obligados inútiles útiles escolares.


(*) Nota del autor: Cuando terminé este escrito, le comenté a nuestro ilustre compañero de armas Patricio Seyler si se acordaba de estos infaustos hechos, pero para mi sorpresa, se acordó de otro episodio el cual yo ya no rememoraba: una vez convertí mi pupitre en un mini-zoológico.  En este improvisado bestiario tenía cautivos a algunos gusanos; una barata (cucaracha) coja con solo cuatro patas, un sapo chico, una lagartija sin cola, dos polillas (Tineola Bisselliella), una coqueta chinita (Coccinellidae), un gorrión muerto con menos valor que juramento de abogado y que olía a lo mismo, el que estaba allí solo para llamar la atención; y una enorme araña peluda de Recinto (Acantognathus Recinto) de un color café oscuro muy sospechoso a la que orgullosa y suspiradamente apellidé Juana; todos ordenadamente viviendo en un inmueble que construí con cartón el que auspiciaba unas celdas muy mononas para cada uno, y así separados,  no se comieran entre ellos.

El hecho es que la Juana se escapó por el hoyo del tintero del pupitre y bajó al suelo rápida y ágil como la mentira y se parapetó en algún lugar en que no la podíamos ver.  Cabe notar que Patricio era aracnofóbico al cubo, y les tenía un miedo horrible-pavoroso-espantoso-horroroso-aterrador a las arañas.  Patricio se mantuvo encaramado en su pupitre sin tocar el suelo durante casi todo el día hasta que se aseguró positivamente de que la Juana había sido recapturada.  Después de esto el Pato recuperó su color natural, pero creo que bajó dos kilos con el susto y no pudo ir al baño por otros tres días más.     
(*) Fin de la Nota del autor.

Ahora que ya estamos ubicados en el tiempo y espacio presentes, dejaré salir de mi imperdonable e inexcusable pluma con menos recelo las mentadas "aventuras" a las que me refiero.  Esto lo hago con la más egoísta, mezquina y calculadora de las razones: me siento un poco culpable de algunas de las canas de ciertos profesores, y me quiero ir con la conciencia clara cuando me toque el turno de irme al Horno, el que desgraciadamente a esta edad, ya comenzamos a olerlo  levemente, el que está perdiendo paulatinamente su camuflaje, allá no tan lejos ya, en la distante distancia.

Evitaré mencionar los nombres reales de los compinches, secuaces y cómplices que participaron en estas casuales circunstancias e imprevisibles episodios –-los que por cierto eran muy esporádicos-- porque aún quiero viajar a Chile, y deseo hacerlo en Paz y evitar a toda costa cualquier atentado o conspiración en contra de mi seguridad insana a manos de aquellos inocentes e incautos colaboradores, los que sorpresivamente se encontraron irremediable e irreparablemente envueltos en mi transcendental locura, la que estaba contrapuesta y en absoluta oposición a sus independientes voluntades.  Es una de esas situaciones que nadie quiere o espera, como por ejemplo cuando uno está de visita en la casa de la Polola nueva y vá al baño, y cuando llega el momento de limpiarse los arrugados labios obscurecidos por el tiempo, el papel higiénico falla catastróficamente, y los dedos accidentalmente terminan embutidos en el negro y maloliente destino.  Y ése, era el último trozo de papel "Confort" que quedaba.  Una situación bien incómoda, por decir lo menos.

Bueno, éstas son las "más fortuitas eventualidades" que acaecieron en las magnas aulas del Glorioso e Irremplazable Instituto Alonso de Ercilla de los Inmortales Hermanos Maristas de Chile.  Estos lamentables hechos no están narrados en forma cronológica, sino que con la específica intención de descolocar anacrónicamente al lector para que éste no se reconozca a sí mismo en estos poco Renacentistas hechos y por si algún profesor llegase a leer estas abiertas confesiones provenientes de este demonio humanitario engendrador de duros infiernos.  Que quede sumamente  claro que estos hechos ocurrieron con la misma fatalidad del impredecible sino con que ocurren los terremotos, erupciones, tsunamis y la caída de meteoros: absolutamente fuera del control humano; por lo tanto y debido a lo cual, nadie puede reclamar responsabilidad ni culpa hereditarias.

En una de esas cuantiosas, friísimas y gélidas mañanas del invierno Santiaguino, yo me encontraba situado en el sospechoso rincón sud-occidental de nuestra sala de clases en el segundo piso de nuestro edificio, aula que enfrentaba el telúrico patio de baldosas verdes.  A mi diestra y a la altura de mi cabeza, se encontraba una de esas grandes ventanas corredizas la que estaba irremisiblemente atascada en su marco, y que para mi desgracia personal, no cerraba completamente dejando abierta una fisura de unos cinco centímetros de acuerdo a la Regla de Tres.  Ese claro y matutino amanecer le había traído al valle de Santiago, esa antigua ciudad que siempre ha sido una gran bombonera de sorpresas, un largo hálito de frío Andino.  Era un viento crudo y bastante insolente el que nos arrancó constantes lágrimas durante nuestro viaje hacia el colegio, y que ahora se filtraba sin permiso por la grieta que la (%#$8*&#*@) ventana dejaba escindida, y que me daba de lleno en mi flaco, pero Adónico cuerpo.

En aquel entonces usábamos un uniforme incómodo, mal preparado para las premeditadas circunstancias, y más horrible que la propaganda política, y que tampoco protegía nada del frío.  Por supuesto que después de unos lánguidos minutos de estar expuesto a semejante martirio, yo estaba más helado que nalga de Pygoscelis Antarcticus (pingüino barbijo o de la Antártida).  Entonces, me puse mi "parka", la que estaba convenientemente colgada en uno de los ganchos de la interminable hilera de éstos que cubrían la muralla del fondo de nuestro paraninfo, y que se extendía de muralla a muralla.

Apenas me la coloqué, la atronadora y fragosa voz de nuestro "Magistrum Initio" (Latín para "maestro", palabra que uso para esconder la verdadera identidad del profesor), quien era una corta víctima del inconsciente ataque de las irreflexivas fuerzas gravitacionales, por lo que apenas de levantaba 1.58 metros del suelo con peinado alto, pero su voz era ciclópea como Polyphemus, y me rugió: 

- ¡Señor Guajardo, no estamos en el Polo!  ¡Sáquese la chaqueta!
- No es chaqueta profesor, ¡es una parka! –respondí desafiante con una sarcástica sonrisa en los fríos labios.
- ¡Joder!  !Se llame como se llame, te la sacas! -dijo molesto y acompañando su locución con un festival de chascazos en todos los tonos y en variados decibeles.
- ¡Pero es que tengo mucho frío! – respondí con una inflexión de clemencia, y ya sin sonreír.
- ¡Que te la saques, coño! – repitió en un tono "in misericordias", y ya un poco alborotado.

No me quedó más remedio que quitármela porque la alternativa iba a ser expulsión de la clase, y entonces tendría que comerme toda la inclemencia del helado viento parado solitariamente, triste y abandonado en el desamparado corredor.  Después de unos largos y acongojantes minutos, cuando la campana de viejo bronce tronó su independencia, salimos a nuestro recreo a disfrutar de nuestras alocadas juventudes antes de que la imperdonable campana detonara traidora otra vez, y tuviésemos que volver al agobiante hipogeo del segundo piso.

Durante el recreo, me dediqué concienzudamente a recoger los palitos de los helados, las varillas de los "algodones" de azúcar, y las ramitas secas de los árboles del patio Ercillano, los que se encontraban diseminados y sin concierto por todos lados y rincones de ese querido patio de baldosas amarillas como la ictericia.  Mientras me ocupaba atareadamente de esto, uno de mis compañeros se me acercó y preguntó:

- ¿Qué hacís, Loco?
-¡N'a, p'o! 
- ¿Como que n'a p'o?
-¡N'a, p'o!  -volví a responder.
- ¿Creís que soy ciego?

Mi querido compañero no era ciego o no vidente per sé, pero llevaba unos gruesísimos anteojos aparentemente hechos con gigantescos potos de botella de Champagne "Don Perignon" los que le magnificaban tremendamente los ojos, de forma que las escasas pestañas que le quedaban parecían clavos chuecos de crucifijo de Luma.  Otro compañero nuestro que estaba a su lado dijo atemorizadamente:

- Lo que sea que éste Loco está haciendo no importa, lo que importa es que estoy seguro que significa problemas -y seguidamente ambos se quedaron parados un poco atónitos mientras yo me alejaba giboso y proseguía mi pesquisa de palitos.

Al término del recreo ya había amasado una saludable cantidad de inocentes maderitos, los que colmaban los espantosos bolsillos de mi espantosa chaqueta azul sin cuello y sin personalidad ni estilo estudiantil.  Creo que esta patética chaqueta fué diseñada por el "Chupacabras" cuando andaba deprimido y tomando licuados de Prozac.  También me armé de un práctico artefacto que fuí a buscar a la construcción que se llevaba a cabo en el sector Noroeste del colegio, en dirección de la intersección de las esquinas de las calles Rosas y Maturana.  ¿Mencioné que durante el Verano estas calles se vestían hermosamente de verdes y alegres árboles a los que el suave viento los mecía como las suaves y grandes hojas de las magnificas higueras de Quillota, mientras que los cariñosos perros vagabundos los regaban dadivosamente? 

La otra calle de la que me acuerdo bién, es la calle de Santo Domingo donde está la entrada principal del "Scholam" de aquellos gigantes y soberbios hermanos y profesores (si se fijan bien, el edificio del colegio parece más bien una fortaleza de defensa que una institución de enseñanza).  Nunca caminé la calle General Baquedano que estaba en un flanco olvidado del colegio.  Sabía que existía porque mis compañeros hablaban de ella, pero yo nunca puse pié en ella, así que todavía dudo de su existencia porque yo no creo ni en Google Earth.

Este artefacto al que me referí tan suelta y descuidadamente en el párrafo anterior, era un artificio flexible hecho de hule sintético (del mismo con que hacen los condones) reforzado por dentro con una resistente y maleable red de fibras de hevea brasiliensis (caucho).  Como parte de su dúctil forma, contenía una perforación cilíndrica transversal circular (o anillos de refuerzo circunferenciales helicoidales) la que estaba guarnecida por fibras e hilos de una fornida aleación de hierro y carbono, a la que comúnmente llamamos "acero",  los que le daban resistencia a las presiones cóncavas y convexas, y los que estaban imbuídos en este dispositivo en forma trenzada, espiral, o como un tejido y envoltura de capas de telas resistentes a la presión y la temperatura, dándole al cilíndrico artefacto una rigidez semi-flexible lo que además le daba una extraordinaria capacidad de obtener ondulaciones de maleabilidad, o fuelles durante su uso.  ¡Me acabo de acordar del nombre Chileno de esta "custión"!  Lo que recogí de la construcción fué un simple trozo de manguera.

Mientras esperaba en una de las plurales y ordenadas filas que se formaban en el patio –orden que obedecía a los múltiples y autoritarios chascazos y a la colérica y seria mirada de nuestro queridísimo Hermano Lucio- antes de subir a nuestras correspondientes aulas, me metí la mentada manguera en la pierna del gris pantalón escolar desde el tobillo al pecho.  Las complicaciones de esta movida se produjeron apenas comenzamos a subir las escalas.  Desde el primer peldaño, la pierna izquierda –por efectos de la manguera atrapada allí- se me puso más tiesa que una francesa flaca bailando Mambo, y el subir una simple escala se transformó en una tarea hercúleamente* difícil.  Pero entre las risas, las bromas y los empujones de mis amados compañeros, logré llegar candongamente al segundo piso sin rajar el pantalón, y envuelto en la fenomenal curiosidad que narcotizaba las imaginaciones de mis camaradas de curso.

* NOTA DEL AUTOR: Antes de sentarse a comer, la mamá de Hércules siempre le decía al pequeño Hércules: "Anda a lavarte Herculito"  ¿Qué cosas, no?

A este punto mientras escribía este panfletín de memorabilia, se me heló la "pajarilla" de solo pensar que alguno de mis amados ex-profesores(4) lo estará leyendo mientras respira pesadamente por la boca mientras afila un machete, un hacha, o una "Pica"(5).  Pero como yo soy valiente y no le tengo miedo a nada en el Universo, incluída mi suegra; seguí escribiendo desafiante porque me imagino que en algún momento habrá que producir otro "Mártir Marista".

(4)  La expresión "ex-profesor" es una mentira calumniosa y absolutamente falsa para todos y cualquier ex-alumno Marista, porque nuestros profesores Maristas son los más eternos e indelebles educadores que han cavado trincheras en nuestras vidas y no tienen nada de "ex" para nosotros, por lo tanto; jamás de los jamases ellos serán lo que la insolente, indecorosa y descocada pseudo-preposición "ex" implica en este puntual y delicado caso.

(5)  La "Pica" es un vocablo de la lengua Mapudungún usado por los Araucanos para referirse a la antigua y salvaje costumbre Española de ejecutar a sus enemigos por "empalamiento".  El empalamiento es un método de ejecución donde la víctima es atravesada por una gruesa  estaca de madera clavada verticalmente en el suelo.  La penetración de la Pica puede realizarse por un costado, por el recto, la vagina o por la boca, y que cuando se completaba esta macabra maniobra, a la víctima se le dejaba colgada para que muriera lentamente.  Esta fué la horrorosa muerte que padeció el Toqui Caupolicán a manos de los españoles después de ser derrotado y capturado en la  Batalla de Antihuala el 5 de Febrero de 1558.  La localidad de Antihuala, que en Mapudungún significa: "Ave acuática asoleada"; es una localidad perteneciente a la comuna de Los Álamos en la Provincia de Arauco, asentada en la VIII Región del Biobío, en Chile. La única referencia histórica que se tiene sobre el origen de este método proviene del antiguo pueblo de Asiria.  Este método de ejecución lo utilizó el barbárico rey persa Darío I entre los siglos VI y V de la Era Común, para matar de esta manera a más de 3.000 habitantes de Babilonia.  Yo prefiero el hacha aunque esté sumamente oxidada.

Prosiguiendo con este relato, apenas arribé a mi amado y estoico pupitre, vacié mis pavorosos bolsillos de sus listoncitos y demases, y también puse en forma rápida y lo más furtivamente posible el pedazo de manguera en el práctico cajoncito con su tapa superior, y antes de que el profesor se percatara y aprovechándome del desorden general que había mientras nos parábamos flanqueando nuestros pupitres, para recitar el mecánico y habitual "Ave María" antes del comienzo de cada clase.  Nunca supe si este avemaría se refería a una extraña pajarraca de nombre María, o que a alguna María le llamaban pajarraca;  porque la palabra "ave" en Latín es "luvavit" y que en Castellano significa "será útil".  La palabra "ave" también se usa en el Latín para decir "hola", y la palabra "avem" significa "pájaro", por lo tanto avemaría se podría traducir filológicamente y transliteralmente como: "¡hola pajarraca útil!  ¿Qué cosas, no?

Toda esta preparación que yo acababa de efectuar, era simplemente un mecanismo de defensa para combatir el frío que me acosaba a través de la grieta de la jodida ventana, y para contrarrestar la "Durus Caput" (cabeza dura) de nuestro profesor.  Vale decir que yo no era la única víctima de la hiperbórea corriente de aire apurado que se colaba por la rendija.  Mi compañero de adelante se convulsionaba entre azul y tiritante, y también el del flanco izquierdo temblaba como una Virgen Vestal antes del "primum coitus concubitos".

Entre el favorable desconcierto después del sacrosanto bisbiseo, instalé la manguera introduciendo un extremo el femíneo agujero del pupitre, y llevando el extremo opuesto a través de la rendija de la ventana hacia afuera.  Esta fué la maniobra más difícil porque debí de hacerlo en forma rápida y precisa a la usanza de "Misión Imposible", y luego ocultar el cuerpo de la manguera entre los chaquetones que colgaban inservibles en los ganchos de la muralla contra la cual descansaba mi asustado pupitre.  El primer objetivo había sido cumplido sin bajas en el contingente.

Seguidamente, vacié mi pupitre de libros y otros enseres colocándolos debajo del asiento de éste no sin la atenta y aterrorizada mirada de mis colindantes compañeros, los que sin saberlo, se acercaban rápida e involuntariamente hacia la calidad de víctimas impensadas.  Una vez hecho esto, desenvolví mi proletario y menestral sándwich (en Chileno: Sánguche) de mortadela(6) y queso, y usé el papel "Alusa foil" (papel de aluminio) doblándolo un par de veces a modo de formar una base cuadrada.  Así y sin más trámites o despliegues de ingeniería, había producido una conveniente y práctica parrilla pupitresca.  A este punto, los ojos de mis compañeros estaban más dilatados que el agüjero de ozono.

(6)  La Mortadela es substituto proletario del jamón.  Mientras que el jamón se elabora con las más nobles y delicadas partes del Suidae Ungulates Sincipitis Porcus, la mortadela es un embutido artesanal que se fabrica con una mezcolanza hecha de sobras de chancho desmenuzado o molido, despojos de salchicha curada, por lo menos con un 15% de grasa dura de cuello de porcino o caballo y otros altamente sospechosos rellenos, los que individualmente considerados, se denominarían como argamasa corpórea animal .  El queso de mi sánguche no andaba lejos de ese nivel.

Una vez establecida la clandestina base de operaciones, la ofensiva se desató de acuerdo a mi plan.  Con esta cruda pero valiosa experiencia aprendí para siempre que TODOS los planes son buenos, hasta que chocan con la realidad.  Enséñeles esto a sus hijos.  Entonces, levanté una cónica formación de palitos en forma de "Ruka" apoyada en un pedazo de papel arrugado proveniente de uno de mis cuadernos, la que se alzaba unos cuatro centímetros de altura aproximadamente.  La altura era importante para que el fuego no quemara la tapa del pupitre y para que el humo escapara fácilmente por la chimenea de campaña que se iniciaba en el hoyo del tintero.  La mini-fogata estaba lista para ser inflamada.  Problema: ¡no tenía ni un fósforo!  Me acordé de Arthur Schnitzler: "Estar preparado es importante, saber esperarlo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida".  Esto lo aprendí del áspero pero sabio Hermano Jovino Morala.

Me puse inmediatamente en campaña para conseguir un modo de ignición, pero siendo muy cuidadoso de que el profesor no me descubriese enganchado en actividades ilícitas y prohibidas durante la clase.  Después de trabajar arduamente el clandestino "Correo de las Brujas", ubiqué un modo de encender la fogatita.  Un compañero que se encontraba claramente en la esquina opuesta de la clase tenía un inventito al que los fumadores llamaban "encendedor", el que me fué ofrecido con una enigmática señal de acuerdo:  mi distante compañero levantó considerablemente su frondosa ceja izquierda en señal de acuerdo, pero la contorsionó tanto para dar una clara señal,  que le dió un calambre en el ojo, y comenzó a berrear como energúmeno mientras se sujetaba la generosamente pilosa área con ambas manos.

Ante los bramidos de dolor ocular, el profesor se abalanzó vertiginosa y precipitadamente en auxilio de su alumno en peligro.  Nuestros profesores Maristas eran así.  Dejaban su vida botada en el lugar en que estuviesen parados para salir disparados sin vacilación a socorrer a sus alumnos, no importase cuán grande o pequeño el peligro pudiese ser.  Esta desprendida virtud de mi profesor me proporcionó la oportunidad para que mis compinches me despacharan despachadamente el proscrito artículo de revolución; el que llegó con la velocidad y la habilidad de los "Chasquis" a mis psicópatas manos.  Sorpresivamente noté que los ojos de mis compañeros se les estaban escapando de entre los siete huesos que forman sus cavidades orbitarias bajo la inaguantable presión de la enervante anticipación.

Paso tercero: ejecución de la escaramuza.  Armado, decidido, y por ende peligroso, levanté lenta y muy disimuladamente la tapa de mi aterrorizado pupitre de colonial madera, y le atraqué la flama al inocente papel que sujetada precariamente las blancas paletitas de helado.  Estaba un poco preocupado de que el fuego no se encendiese correctamente porque no había tenido la oportunidad ni el tiempo de construír un "maricón" para darle el fuelle apropiado al fogón.  Sabía que en el colegio había un maricón suelto en algún lado, pero creo que estaba ocupado...

La llamita comenzó insignificante y precaria como el futuro de los pobres, luego creció poco a poco y se hizo más fuerte como lo hace el atrevimiento, y finalmente se tornó en una fuerza tan poderosa y arrasadora como la ignorancia colectiva.  Al principio todo iba muy bien.  El fueguito ardía calladito y entregando su codiciada temperatura la que calentaba mis manos, las cuales yo ponía sobre mis piernas, y así traspasaba el calor al resto de mi cuerpo.  Ya no me importaba tanto el frío chiflón de viento que trataba de acosarme, así que víctima de mi completo desprecio e indiferencia, el helado viento entonces se dedicó a martirizar a mis otros compañeros, los que también vestían horriblemente con esas chaquetas proto-satánicas que no protegían ni de las sonrisas.

Lo que pasó a continuación fué estrictamente un problema de preparación, prevención, y un producto natural de la sempiterna e irracional conducta de jóvenes irresolutos, irresponsables y necios como solíamos serlo todos nosotros; sin excepción, actitud que en aquellos idos verdes años es invariablemente más liviana que el polvo.  Mientras el fueguito quemaba afanosamente sin chisporroteos ni tos, y el escaso y mudo humo que producía se escabullía silente e invisible por la chimenea de campaña; el resto de los otros palitos que me sobraron estaban colocados en un rincón del cajón del pupitre esperando su turno en caso de que se les necesitase.  ¡Tremendo y fatal error! 

No sé si fué una chispa renegada, un palito ingrato que se desmoronó de la torre, o el calor mismo que encerraba el cajón el que ya pasaba los niveles de seguridad; la cosa es que el contingente de leña de emergencia que esperaba estratégicamente en el flanco derecho del cajón cogió fuego como si no hubiese un mañana.  ¡Y repentinamente el siniestro caos del siniestro en marcha se desplayó siniestramente al resto del pupitre!  A pesar de que a estas alturas yo ya no temblaba de frío, comencé rápidamente a temblar otra vez y sudar frío mientras que una tétrica y blanca palidez se apoderó febrilmente de mi cara llena de espinillas y puntos negros y con unos pocos pelos surtidos que pretendían dibujar un bigote de gato proletario para subrayar mi narizota.   

Cuando repentinamente y sin aviso comenzó a salir humo por todos lados y la manguera estaba ahora bajo el ataque de las llamas y se había comenzado a derretir velozmente, sus llamaradas salían iracundas por el hoyo del tintero ahora chisporroteando y tosiendo como un tuberculoso con picazón de garganta; abrí rápidamente la tapa del pupitre con gran pánico, entonces una enorme nube de alardeante humo negro escapó triunfante y me atacó la cara.  Esta nube de humo era enorme y más negra que noche de luto Antes de que yo alcanzara a cerrar la boca, respiré una bocaronada del grueso humo que ya se me metía violador por las narices y comencé a toser como un poseso.  Instintivamente me paré del pupitre y tratando de salir me tropecé con las patas del pupitre las que estaban unidas por un listón entre ellas, entonces caí al suelo pesadamente como un saco de papas Alacalufe, y mientras al caer azotaba mis fornidas y bien parecidas espaldas violentamente  en el suelo, pude ver los pávidos y aterrorizados ojos de mis circundantes compañeros los que parecían huevos fritos en plato chico.

Me paré trastabillando lo más rápido que pude y de reojo ví a mi profesor que parecía puercoespín en celo: tenía todos los pelos que le quedaban más empinados que rebaño de Meerkats, y sus ojos estaban tan abiertos que se asemejaba de muy cerca a un Cíclope realmente sorprendido.  Reabrí la tapa del pupitre la que con el susto del humo, se había dejado caer violentamente volviéndose a cerrar.  Apenas hice esto, el oxígeno que el pupitre respiró, encendió aún más las llamas que ahora mordían furiosamente la docente madera de mi agonizante y gemebundo pupitre.  Cuando el humo hizo su escape del cajón, pude ver dolorosamente que del plateado papel de aluminio no quedaban más que unos irreconocibles restos de metal, los que estaban más chamuscados que incienso de iglesia pobre.

Como combatiente experimentado, mi temerario profesor se transformó instantáneamente en superhéroe (éste era su trabajo secreto después del colegio a partir de las 5:00 PM, hora Chilena) y sin dilación alguna comenzó a coordinar el salvataje de su rebaño el que se encontraba desesperanzadamente alborotado.  Mientras él daba marciales órdenes de abandonar el barco e indicaba cómo y por dónde hacerlo, yo estaba tratando de apagar el fuego con la ayuda de tres compañeros más locos que osados, pero más valientes que torero ciego; no por el fuego, sino por la responsabilidad que nos tocaría después de los hechos ya que estábamos tratando de apagar el siniestro muriéndonos de la risa. 

Para proteger la identidad de los inocentes, me referiré a mis secuaces como: el "Kiko", el "Guatón", y el "Chico".  El Kiko se sentaba enfrente de mí.  El Guatón se sentaba al otro extremo de la clase, y era el que había producido el artefacto de ignición y al que a estas alturas, ya se le había aminorado la molestia del calambre en el ojo; y el Chico que se sentaba a mi siniestra.  Sería muy difícil para mí poder explicar los acontecimientos que sucedieron en esos escasos pero frenéticos minutos, así que dejaré que el diálogo que se llevó a cabo explique los lamentables hechos que ocurrieron, y que ya son parte del irremediable y afortunadamente; irreversible pasado.  Cualquier semejanza con la realidad respecto a los apodos que voy a usar, son nada más que el inefable rédito de una mera, casual e inocente  coincidencia.

- ¡Oye Loco!  Tiremo'el pupichre pol'laentana – vociferó el Guatón.
- ¡¿T'ai loco?! , nos vamo'a quemar p'o gil – añadió el Chico.
- ¡Echémole Coca~Cola – gritaba el Kiko blandiendo orgulloso una botella del gaseoso líquido, y que sin esperar por una respuesta, comenzó a vaciar el contenido de la botella en la masa de fuego.

Apenas el líquido carbonatado con sacarosa, cafeína, acido fosfórico, color E150d, y otros sabores naturales desconocidos diluídos en Solvente Universal -o sea la Coca~Cola- cayó en el fuego, se produjo un chisporroteo horrible y ruidoso, y el fuego se avivó aún más ante el pavor de los pseudo-bomberos* que trataban desesperadamente de contener el fuego para que no se pasase a los otros pupitres.  El ataque Cocacolezco hizo carraspear al fuego el que soltó una enojada descarga de humo negro la que nos dió de lleno en la cara a los tres.  A este punto parecíamos limpiadores de chimenea, y si nuestros pantalones hubiesen sido amarillos, hubiésemos parecido los Tres Tristes Tigres de la Malasia.  Lo único blanco que le quedaba al Kiko eran sus parpadeantes ojos.  ¿Y el fuego?  Bueno, a esta altura, el fuego era ya un histérico Fandango.

* NOTA DEL AUTOR: Sabía usted que la palabra "Bombero" no tiene sinónimos conocidos en la Lengua Castellana?  ¿Qué cosas, no?

- ¡Se jodió! ¡No tirís m'a Coca! –dijo el Guatón, y el Chico agregó:
- ¡Se trata de apagar p'os menso!
- Y kikiris-ki-liaga – dijo el Kiko (El Kiko comía demasiado pollo).
- ¡Ya p'os gil, hace algo –me gritaba el Guatón con sus rojos y regordetes cachetes.
- ¡Estoy tratando, p'o! – contesté algo airado.
- ¡No discutan güeones atontaos y apaguemos esta güeá! –gritó el Chico con su virgen y divino lenguage que lo aprendió en El Nido de Águilas.

El Guatón entonces agarró un atado de posters que estaba encima de uno de los pupitres, y comenzó a blandearlos en contra del fuego dándole furiosos "posterazos" al pupitre, pero le salió el tiro por la culata, y el atado de posters se desató al tercer golpe y los posters volaron por el aire como la Paloma de La Paz (la que muchos dicen que no vuela para nada), y desafortunadamente algunos de ellos cayeron en el voraz fuego para alimentarlo aún más.

- ¡Hay que apagarlo, gil! –le berreó el Chico al Guatón, al que unas gruesas gotas de sudor le hacían marcados surcos en el hollín de la cara.
- ¡Las chaquetas! –grité iluminado apuntando con el dedo de los mocos hacia ellas.
- ¡Ya p'o! –dijo el Kiko, y los cuatro nos giramos y agarramos la primera chaqueta que estaba a mano y comenzamos a darle chaquetazos al fuego a diestra y siniestra.

El espectáculo era Apocalíptico pero sin jinetes.  El humo llenaba la habitación, las ventanas ya estaban casi todas negras, la barra en el pasillo nos instaba a la lucha, estábamos más mugrientos que el profesionalismo de los abogados deshonestos, y mientras sudábamos como el caballo de Sancho Panza; los "chaquetazos" surtidos eran nutridos y sin cuartel.  (A propósito de Apocalíptico, ¿es cierto de que estos caballos no cagan?).

El dúo dinámico del Guatón y el Chico se afanaban frenéticos dándole sin tregua unos tremendos chaquetazos al pobre pupitre que ya se comenzaba a quejar ruidosamente.  Nadie sabía a quién le pertenecían las infortunadas chaquetas convertidas en repentinos parafuegos, pero no importaba porque en las emergencias uno no se fija en gastos.  A todo esto, yo estaba medio asfixiado de tanto tragar hollín, y trataba de decirle al Guatón que empujara los otros pupitres más lejos para que no se quemasen.  Al escuchar esto, el Chico se puso sumamente Grande y sacó fuerzas Sansonescamente Hercúleas de flaqueza, y para mi estupor, empujó cinco o seis pupitres al unísono casi hasta la tarima del pizarrón unos metros más allá, lejos del siniestro pupitral.  Con el humo, el hollín y el tizne de la madera quemada, estábamos más sucios y negros que las intenciones de un fraile Católico Romano.

La situación estaba ya fuera de control, y por más que nos afanábamos en tratar de apagar el fuego, éste más ardía y amenazaba con extenderse a los demás sobrecogidos pupitres, los que amontonados en un rincón, decían sus pías AveMaderas.  En medio del caos, el Kiko tuvo una idea más iluminada que el quirófano del General Electric, y actuando con la más absoluta y sorprendente valentía e innovadora originalidad, prestamente se paró encima del pupitre más cercano, sacó su aparejo bomberil, y comenzó a mear las llamas con un delirio digno de "Canutos", aquellos trastornados seguidores del Español Juan Bautista Canut de Bon.

A pesar de que la artimaña era (a esta altura) apropiada como solución desesperada en una desahuciada y gravísima situación, no dió muchos frutos, pero sí resultó ser una añagaza bastante fétida.  ...¿Ha olido usted orina carbonizada?  El fuego no se inmutó un ápice, y siguió indolente devorando brutal, salvajemente y sin piedad a mi pobre pupitre que ya estaba casi fenecido.

En el intertanto en que ocurría esta alarmante peripecia, nuestro temerario profesor con su alma de Matasiete Sietemachos y valiente como el Príncipe Valiente, después de haber escoltado y puesto a resguardo al resto de su querido e inocente rebaño, acudió presto en nuestra ayuda esgrimiendo un extintor del tipo Clase A que era más pesado que él, pero que lo esgrimía con la gracia y simpleza con que D'Artagnan esgrimía su habilidoso florete.  Le vimos entrar en acción como lo hace Neil en La Matrix: Serio pero más efectivo que un cóctel de diurético y Viagra.  En ese segundo fortuito noté una interminable hilera de cabezas en la ventana, cuyas caras pegadas a ellas, estaban adornadas con crispadas y siniestras muecas a modo de sonrisa con incrédulos ojos, las que se asomaban con sus narices pegadas al cristal de las ventanas para observar qué era lo que estaba sucediendo.

Nuestro osadísimo y tremendamente temerario profesor bramó con una voz de trueno espantado:

- "¡Todo el mundo a un lado!"

Y sin decir ¡agua vá!, descargó una gruesa y furiosa nube de polvo blanco la que envolvió el pupitre completo con llamas y todo, y también engolfó al pobre Kiko que estaba totalmente desprevenido, y aún con su maleable material de ignis-combativo firmemente sujeto en la palma derecha.  Se escuchó un escalofriante y sorpresivo ¡¡¡Juoochhh!!!, y el extintor en las experimentadas manos de nuestro héroe del día; expiró extinguido.  Hubo unos segundos de desconcierto y gran silencio.  Cuando el polvo finalmente cayó al suelo, y la blanca nube que éste había formado se disipó, el cuadro era digno del Infierno de Dante:  El Kiko parecía un Zombi con su cara blanquinegra producto del ¡¡¡Juoochhh!!! del rojo extintor, el Chico había recuperado su tamaño normal pero estaba algo más negrirojo, el Guatón se estaba comiendo un sánguche de mortadela que encontró en el suelo entre el desorden y el desbarajuste de las "loncheras"; y yo estaba más agotado que la paciencia del pobre, y más nervioso que monja con atraso.

Nuestro profesor nos estaba dirigiendo una mirada leonina más áspera que lengua de gato,   y que prometía el Vía Crucis en esteroides, pero felizmente; el fuego había sido extinguido.

Convenientemente y arbitrariamente me saltaré un corrosivo y poco glorioso episodio aquí con la sola intención de proteger la integridad moral y la honorabilidad ética de los susodichos envueltos en este lance, cosa que como ustedes pueden haberse dado cuenta, se transformó indeliberada, involuntaria, casual-accidental y espontáneamente en un infortunado incidente piromaníatico.  Los detalles que puedo revelar con respecto a la secuela de este olvidado episodio, es que me costó un Verano completo de trabajo para poder pagar por un pupitre de reemplazo.  Ciertamente hubo otras variadas penalidades pero no es necesario –después de tantos años- nadar en esas amargas aguas.  ¿Quizá éste lastimoso hecho del pasado haya sido el motivo original para despertar mis ansiedades bomberiles?  ¿Quién sabe?  No podemos encontrar los tiempos perdidos, pero podemos encontrar sus huellas.

Moraleja para profesores:  Deje que los Locos con frío se abriguen.

Moraleja para alumnos:  Si tiene frío, no haga fogatitas chicas dentro de su pupitre.

¿Qué cosas, no?


El Loco

Los Pimientos

Este es un breve cuento sobre pimientos aunque nosotros los oriundos seres congénitos de las extremas y australes comarcas del planeta, les conocemos mejor como ajíes. Este es un pedazo sucinto de su historia y un puñado al azar de esporádicos recuerdos sobre el pasado de estos frutos seráficos, y es también una escueta y lacónica referencia a los 9.000 años de la homérica jornada que estos pimientos sobrellevaron para llegar a tu mesa.

Recuerdo que hace muchos años (alrededor de 1976) yo acababa de regresar de uno de mis inconscientes viajes al Japón; uno de aquellos ignotos viajes que llenaban aquella edad mía en que perseguía incesantemente insanas aventuras planetarias, traje conmigo un peculiar regalo que me obsequió un amigo japonés contingencial que hice durante mi viaje. El regalo consistía en una pulcra y pequeña bolsita inocente con una etiqueta que leía: “Piper Japonicum” (山椒 - Sansho), llamado a veces incorrectamente (o no), Naga Jolokia (en flaite chileno es traducido como Nalga Jodía).

El saquito parecía más bien un morralito de caramelos. Era una pequeña alforjita hecha de paños tejidos con múltiples entreverados y al frente tenía estampado un dibujo de una muñeca japonesa llamada “Kokeshi” (Muñeca), que ofrecía pimientos con una mano y con la otra sostenía un detallado abanico exquisitamente decorado con el cual ella cubría su blanquísima cara, y probablemente una hermosa sonrisa de labios rojísimos y pequeños. Un cordelito rústico de yute mantenía el bolsito cerrado. Por supuesto que en aquellos días cualquier persona podría traer lo que se le antojara como "souvenir", y el servicio de aduanas no habría tenido ningún problema con ello. Cuando llegué a mi casa en la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, vacié encima de mi cama mi maleta de viaje en la que venía el pequeño saquito junto con otros recuerdos surtidos que traía del viaje, y guardé estos trofeos artesanales de mero valor sentimental en un baúl de tesoros que mantenía en mi pieza, en donde también guardaba numerosos pedacitos de mis sueños, trocitos de mis fantasías surtidas y violentos pensamientos inflamados de libertad. Acto seguido, cerré este cofre repleto de alucinaciones y menesteres de mi chúcara juventud y me despreocupe de todo esto.

Varios meses después, mientras que realizaba una limpieza de precipitada emergencia en mi aglomerado cuarto debido a un olor pecador, espeso, sospechoso y persistente, y más ofensivo que el lunar negro podrido con pelos púbicos retorcidos con el que mi suegra se adorna la narizota, y el que trata de camuflar lastimosamente con un maquillaje más grueso que la greda de Pomaire(1) -para describirlo con cierta justicia-; encontré el olvidado bolsito con los pimientos. Decidí rescatarlo del baúl y me lo llevé a la cocina con la intención de probar uno de estos pequeños bribones a la hora de la cena. Esa noche cuando me senté para comer con mi familia, saqué el bolso subrepticiamente y con un aire de complicidad y le ofrecí su misterioso contenido a todos. Me acordé de que me dijeron que estos pimientos eran extremadamente picantes, y que hay que poner solamente una pizca pendegesimal en la comida. Todos le agregamos un pichintún a la sopa. Estos ajíes eran realmente, realmente picantes pero sabrosos y le dieron al caldillo de mariscos y al congrio un gusto inesperadamente excelente.

Breves pero entretenidos minutos después de que comenzamos a comer, uno de mis sobrinos se integró estrepitosamente a la mesa y tan pronto como supo de los pimientos, comenzó a presumir de lo macho que era y se lanzó a contar una historia sobre este monstruoso y legendario ají chileno al que cariñosa pero irreverentemente llamamos “ají p#t@madre", y que se lo había comido a capella y nada le había sucedido, y que ni pestañó con el ajicito. Y así se puso a presumir con un albedrío muy alaraco de otros cuentos acerca de cuánto ají él podía comer y que le agregaba liberalmente a la comida sin inmutarse, y que estos pimientos no le podían sacar ni una miserable lágrima. Según él, no había pimiento en el planeta capaz de someterlo o doblegarlo. De repente, nadie podía moverse en el comedor porque la arrogancia de mi sobrino, parida por la adolescente edad del pelo largo y las ideas cortas, esa inmutable edad de las bocas grandes llenas de ecos de insensatez; había llenado todos los espacios disponibles en el comedor. No había espacio ni para tirarse un peo.

Bueno, ustedes ya saben lo que viene. Sí, por supuesto que mi sobrino tenía que demostrar públicamente su necia masculinidad, y aparatosamente le puso un ají completo al caldillo (el ají no era más grande que un fósforo desnutrido), con lo que me pareció que el caldillo comenzaba a hervir nuevamente. Después de algunos segundos, ¡habría podido jurar que su sopa chillaba! Mientras tanto, aunque yo había estado sorbiendo mi sopita lentamente con una tímida cucharita y cerciorándome de no quemarme, ya podía sentir la intensidad y la pasión oculta de estos ajíes hipócritas y traidores disfrazados engañosamente en envoltorios angelicales y en un saco con cara de golosinas.

Bien, mi amado sobrino comenzó a engullir la sopa rápidamente y con prisa porque según él, estaba atrasado para ir a una fiesta en algún lugar del que no me acuerdo. Después de que se comió a destajo esta sopa infernalmente picante, se engulló a la carrera un bistec chico de vaca muerta con una ensalada verde proveniente de matas anónimas, y salió corriendo de la casa. Nosotros acabamos la cena tranquilamente y sin apuro, y comentamos respecto a la potencia del ají japonés y de cómo mi sobrino podía ser capaz de comer esta manducatoria tan picante. Pocos minutos habían pasado desde que habíamos terminado de comer la sopa condimentada con el “Piper Japonicum”, y ya la sensación de ardor en mis labios, boca, esófago, y estómago confirmaba las alegóricas leyendas sobre la reputación de los famosos pimientitos. Después de sentir los efectos sin misericordia del ají, no podíamos comprender cómo era posible que mi sobrino pudiese comer tal cantidad de picante ¿y no sentir nada? Pero estábamos todos equivocados, muy equivocados, tristemente equivocados…

Escasos minutos después de que mi sobrino salió disparado con sus amigotes para la fiesta, uno de sus compinches lo trajo de vuelta a casa apuradísimo y traía unos ojos más desorbitados que un sapo con vómitos, y exclamó con nerviosidad insostenible que mi sobrino no se sentía nada de bien (este caos me trajo a la memoria el despelote que ocurrió en Alemania cuando los Aliados durante la II Guerra Mundial bombardearon Berlín con azúcar flor). Mi desatinadamente presuntuoso sobrino tenía la boca hinchada como ojo de boxeador, los labios los tenia inflamados como jeta de guanaco negro, tenía dificultades para respirar, y las lágrimas corrían en tropel por sus rojas y cachetonas mejillas como llanto de beata pagada. ¡Toda su cara parecía un membrillo con elefantiasis! Nos levantamos apresuradamente y apretamos cachete hacia la posta de urgencia.

Para hacer de una larga historia un cuento corto, en el hospital los doctores “arreglaron” a mi sobrino sin reírse mucho. El único daño colateral fué un ego colosal desconsoladamente desinflado, y en el baño, la redefinición épica de la expresión tan homo generis chilensis: "cagó fuego". Cuando regresamos desde el hospital a casa, el bolsito de los ajíes estaba calladito encima de la mesa exactamente en el lugar en que lo dejamos antes de salir tan precipitadamente, luciendo inocente e inofensivo. Agarré el saquito con los “Piper Japonicums” y lo puse con el resto de mis trofeos y espejismos en el sereno baúl de mi pieza. Nunca más hablamos de este ignominioso episodio familiar, aunque con la ayuda de la tecnología moderna, de cuando en cuando le envío a mi sobrino por internet fotos de guanacos negros con jetas grandes.

(1) Pomaire antes de que se me olvide
El pueblito de Pomaire está localizado en la comuna de Melipilla en la Región Metropolitana de Santiago, Chile. En las lomas que rodean este pueblito salido de un libro de cuentos existe una abundancia extraordinaria de greda (arcilla), la cual ha sido la base la economía de Pomaire y que consiste en la manufacturación de los potes, los figurines, y los utensilios prácticos y de decoración más hermosos y acabados de nuestro sistema solar y sus alrededores. Pomaire es el "La Mecca" de los souvenirs de greda los que se encuentran en una gran variedad de artículos con imaginación, los que incluyen mercancías de lana de múltiple y soñadores colores pomairinos. En la aldea hay una tradición de regalar Chanchitos, pequeñas figurillas de cerdo que los visitantes compran para regalarle a amigos y familiares para que les traiga buena suerte. Por cierto yo he comprado y recibido estos chanchitos. Y traen suerte. Si son hombres de poca fé, vayan a Pomaire y dejen que los pueblerinos les bauticen con un chanchito y les conviertan en creedores. En Pomaire y en sus pintorescos alrededores también se puede disfrutar de música folklórica y de empanadas gigantes (de "pino" y de las otras). Ustedes que viven en Santiago, ¿han ido alguna vez a Pomaire? Si no, no tienen idea de lo que se han estado perdiendo, y si es así, no les voy a contar más acerca de este tabernáculo de la potería humana, y les debería dar una vergüenza negra el ser tan flojos y poco exploradores. Tomen seriamente esta opinión y consejo que viene directamente de un curtido "Loco Marista Explorador de las Distancias Imposibles de los Lugares Remotos mas allá de la Última Frontera Infinita y de los Parajes Escondidos más Difíciles y Peligrosos del Planeta Terra por Encima y por Debajo" que dejó chico a Indiana Jones, que hace lucir como un aprendiz a Marco Polo, y que dejó a Yuri Gagarin marcando ocupado. Este elaborado título de expedicionario osado, excursionista magnífico, aventurero salvaje, viajero de los siete mares, y buscador empedernido de lo imposible me lo dió el mismo Moctezuma en persona cuando me bautizó con la poción Azteca hecha del Sudor Destilado Dolorosamente de las Sabias Sienes de los Dioses Imperecederos de la Noche Negra con Luna Llena cuando tomábamos tecito en el Templo de la Coca~Cola en Chichén Itzá. Tengo testigos.

De vuelta a los ajíes con algo de historia
Según la mayoría de los biólogos, los pimientos son nativos de los continentes del Sur y Centro América. Se cree que hicieron su aparición en el Asia del Sur alrededor del siglo XV, y debido a su éxito como condimento y otras aplicaciones, los pimientos conquistaron el comercio de especies del planeta. Cristóbal Colón nunca se imaginó el tremendo impacto que este pequeño fruto que trajo a España tendría en el resto de Europa. La nueva especie "pimiento" es tan potente que destronó a la reinante pimienta negra nativa del Asia del Sur, que era consumida en Europa en esos días de descubrimientos. Cristóbal Colón les llamó a estos frutos "pimiento" debido a su semejanza en sabor con las pimientas europeas de la familia de las pimientas "Piperaceae".

Hay acreditadas indicaciones de un amplio consumo de estas plantas en América Central, y evidencia substancial de su utilización comenzando alrededor de año de 7500 A.C. Estos pimientos son quizá las primeras plantas que se domesticaron. Los orígenes de este pimiento (Capsicum Annum) se remontan a México y América Central, y los orígenes del Capsicum Frutescens, a Sudamérica. Estas especies de pimiento primero fueron introducidas a Asia del Sur alrededor del siglo XVI, y ahora son las dos especies principalmente dominantes en la región. Hay un libro interesante que data de 1597 escrito en un lenguaje inglés medio raro y harto cuico que se publicó en Londres en 1633 sobre los pimientos. "The Herball, o Generall Historie of Plantes", escrito por el inglés Juan Gerard (1545-1612), y es el primer estudio “científico” escrito sobre los pimiento cuya primera edición fué publicada por Mawr de Bryn en 1597, y después en 1633 que publicó una segunda edición aumentada y completamente ilustrada. Algunos botánicos y arqueólogos creen que los pimientos han sido parte importante en los hábitos alimenticios humanos en las Américas desde antes de 7500 A.C. Evidencia primitiva en lugares situados en puntos al sudoeste del Ecuador apuntan al hecho de que los pimientos eran ya una planta doméstica hace más de 8000 años, convirtiendo a los pimientos en una de las primeras cosechas auto-polinizadas que se cultivaron en las Américas.

Los viajes del pimiento
Los pimientos comenzaron a ser cultivados amplia y activamente alrededor del mundo, cortesía del médico de Colón, Don Diego Álvarez Chanca, que le dió al pimiento un paseo largo en el segundo viaje a las Antillas en 1493. Cómo y según los historiadores revelan, Don Diego Álvarez Chanca conducido por el deseo de llegar a ser rico (ésta fué su primordial razón para meterse en esta aventura loca con Colón), trajo los primeros pimientos a la España(1) de hoy, solamente un año después del descubrimiento del nuevo continente el 12 de Octubre de 1492. En 1494, Don Diego Álvarez Chanca registró el primer testimonio escrito sobre las características medicinales del pimiento. Los españoles, con los puertos comerciales en su colonia recientemente conquistada en la Terra Nova -hoy México- controló la mayor parte del intercambio comercial marítimo con Asia. Con la ayuda de las embarcaciones europeas que atracaron en el nuevo mundo, los españoles comenzaron a exportar los preciados pimientos -ahora convertido en una especialidad- hacia Filipinas, luego a India, China, Corea, Japón, y por supuesto al resto de Europa. Esta exótica especie de condimento fué adoptada rápidamente por la gente e integrada permanentemente a su gastronomía local.

(1) En ese tiempo España no existía como nación. Cristóbal Colón descubrió América para los reinados de León y Castilla por eso es que la lengua hablada en el nuevo continente es llamada Castellano y no "español" como erróneamente se le llama hoy. Los blasones que se plantaron en la "Terra Nova" para reclamar esta posesión fueron los gloriosos estandartes del Reino de Castilla - ¡Plop!

Entonces, puesto que los benditos pimientos se convirtieron en una sensación y también en un artículo caro, los marineros portugueses llevaron este nuevo hallazgo gastronómico desde España transportándola a la colonia portuguesa de India para su venta. La India es hoy el productor más grande de estos pimientos en el mundo. Prontamente después de su arribo a India, el pimiento hizo su debut en Asia Central, y según las crónicas de la época, llego a lomo de caballo, burro y camello a Hungría y a Turquía, cortesía del espíritu emprendedor de los conquistadores portugueses. El pimiento demostró una resistencia notable a los viajes prolongados, a los desafíos del clima y de la erosión, y a los inesperados cambios de temporadas.

Hay muchas especies de pimiento en todos los tamaños y colores; hay pimientos dulces, pimientos picantes, y pimientos asesinos. Algunos pimientos se utilizan como ornamentos, otros como suministro de alimentos, y otros; como armas. El Habanero Negro (alias: Habanero Chocolate), se cree que es el descendiente directo de los pimientos nativos que crecieron una vez en uno de las áreas costeras más extensas del mundo, situada en Sudamérica occidental. Este pimiento es muy escaso debido a su largo tiempo de gestación y madurez lo que lo hace difícil de obtener. Algunos fabricantes españoles de guitarras les ponen uno de estos enormes pimientos habaneros negros dentro a las guitarras de fina madera que fabrican porque según ellos, el Habanero Negro ayuda a absorber la humedad de la guitarra y hacen que la guitarra produzca un sonido más “dulce” y “suave”. ¡Olé!

Cualquiera que sea el caso, todos y cada uno de los que ha entrado en serio contacto con los pimientos en uno u otro momento de su vida, tiene algo decir sobre esta fruta peculiar que parte la lengua y la raja (¡raja la lengua!). Aunque los pimientos disfrutan de la denominación de "vegetal", también son concebidos como "fruta", pero su importancia más relevante en el arte cisoria es la de "especie". Ahora, la botánica y su caballería y cohortes de soldados botánicos armados con microscopios de gran reducción, con amenazantes platillos Petri, con horripilantes pinzas, con aterrorizantes tijeras, con lupas ciclópeas, y enarbolando posters gigantescos de Madame Curie (Marie Skłodowska Curie - 1867-1934) y de Carlitos Darwin (Charles Darwin - 1809-1882); consideran esta planta excéntrica como ¡una baya de arbusto! ¡Que lo parió! ¿Pero a quién le importa? La verdad es que a nosotros y a nuestros prójimos solo nos interesa comer estos deliciosos pimientos de doble filo.

La Venganza de Moctezuma (Motecuhzoma Ilhuicamina - 1398-1469)
¿Ha oído usted hablar del Chile Habanero, o ha escuchado a la gente gritando piedad después de haberse comido uno de estos portentosos ajíes? Bien, hay versiones obscuras y conflictivas acerca del origen de esta alegoría. Esta pieza de mitología fué concebida en lo profundo del corazón de los relatos de horror que este pimiento ha generado. Según mi propia investigación en los anales de la historia y mis descubrimientos enredados en las crónicas del folklore popular Azteca antiguo, el gran Moctezuma torturaba a sus víctimas antes de sacrificarlas -normalmente guerreros en deshonra- haciendo que estos pobres diablos desafortunados comieran un gumbo espeso de Chile Habanero mezclado con “Polvo Extraño del Raspado de la Gran Garra de la Bestia Inicua Camaxtli” - dios Azteca de la caza, de la guerra, del sino, y del fuego.

Después de ser brutalmente forzado por los sacerdotes a tragarse dicha poción, la malograda víctima comenzaba a revolcarse con violentas convulsiones, con unos vómitos terribles y grisúes, acólitos de una diarrea tan fenomenal que cuando el sacrificado se tiraba un peo, los hollejos de los porotos quedaban repartidos y pegados por todas las murallas del templo (por eso es que los sacerdotes usaban máscaras). Así es el cuento de esta anécdota inverosímil, por inverosímil que pueda parecerle a usted mi querido lector. Después de algunas horas de este despiadado martirio, la víctima ahora en estado de poco entusiasmo estaba lista para el sacrificio y sin ánimos de oponer ninguna resistencia. Por supuesto estas historias populares no tienen ninguna base homologada y/o científica; sin embargo estas historias han sido narradas como “ciertas” por los viejos miembros de la cultura de Tlahuica, una de las culturas más antiguas que forman parte de los grupos étnicos de la cultura Azteca que habitó las regiones cerca del actual Estado de Morelos. Y doy fé de que esto es exactamente lo que me contaron mis entrevistados aztecas…

De cualquier manera, el gran Moctezuma y la diarrea explosiva están fusionados para siempre con la expresión “La Venganza de Moctezuma”, en tiempos modernos conocida como “La Diarrea del Viajero”. A los que han viajado al extranjero y han experimentado los estrepitosos y volátiles efectos de esta antigua maldición Azteca, no necesitan explicación alguna. Si usted cree que esto no es cierto, lo invito a cerciorarse por sí mismo. Desafortunada e inevitablemente a mí me pasó en mi primer viaje a México una pila de años atrás. Después de saborear generosa y licenciosamente un Chile Habanero (en la sopa para variar), fuí una víctima involuntaria de esta maldición Azteca, y doy fé de que me agarré una diarrea tan convulsiva y cáustica que me peló e irritó atormentadamente los sensibles labios ubicados estratégicamente en mi extremo humano opuesto donde la oscuridad es rey. Así fué como aprendí a caminar tirando besitos. Fué tan violenta la diarrea ésta, que cuando me sentaba en el trono a descargar, tenía que ponerme una escoba cruzada sobre las piernas y agarrarme ésta como que no hay mañana, para que cuando pujara (aunque fuese involuntariamente) tener de dónde aferrarme y quedarme colgado para no desaparecer por la cañería y terminar en el Mapocho(*).

(*) El Mapocho es un triste, obscuro y escueto hilillo de nebulosa agua sucia y maloliente, poblado de alegres mojones argonautas al que los Santiaguinos llaman generosamente: ¡Río!

Ahora de vuelta a los pimientos.
A pesar de su nombre, el pimiento popular llamado Chile Habanero no tiene su origen en Chile como cualquier "sui generis" individual podría deducirlo, sino que se originó en la península de Yucatán y sus regiones costeras. El Chile Habanero también se llama "Capsicum Chinense Jacquin" que es un primo cercano del “Piper Japonicum” como aquel que se comió mi desafortunado sobrino. Este pimiento es uno de los ajíes más poderosamente picantes del género completo de los pimientos. Antes de madurar, estos pimientos son de un verde claro, y mientras maduran su color puede fluctuar mucho. Los colores más comunes son anaranjado brillante y rojo vivo, sin embargo también se encuentran de un vívido blanco, de un rosa deslumbrante, y otros con vetas de marrón intensamente oscuro que se ajustan a esta acuarela natural de ardientes colores. La mayoría de los habaneros se clasifican entre los rangos de 200.000 y 300.000 en la escala de Scoville, pero el Chile Habanero está al tope de este grupo con un grado cercano a 350.000.

La escala de Scoville
La escala de Scoville es una medida de picardía o de "piquancy" de un pimiento.

Rango Scoville - Tipo de pimiento
15,000,000–16,000,000 - Pure capsaicin
9,100,000 - Nordihydrocapsaicin
2,000,000–5,300,000 - Standard US Grade pepper spray
855,000–1,041,427 - Naga Jolokia
350,000–577,000 - Red Savina Habanero
100,000–350,000 - Chile Habanero
100,000–350,000 - Scotch Bonnet
100,000–200,000 - Jamaican Hot Pepper
50,000–100,000 - Thai Pepper, Malagueta Pepper, Chiltepin Pepper
30,000–50,000 - Cayenne Pepper, Ají pepper, Tabasco pepper
10,000–23,000 - Serrano Pepper
7,000–8,000 - Tabasco Sauce (Habanero)
5,000–10,000 - Wax Pepper
2,500–8,000 - Jalapeño Pepper
2,500–5,000 - Tabasco Sauce (Tabasco pepper)
1,500–2,500 - Rocotillo Pepper
1,000–1,500 - Poblano Pepper
600–800 - Tabasco Sauce (Green Pepper)
500–1000 - Anaheim pepper
100–500 - Pimento, Pepperoncini
0 - No picante, Bell pepper

Los pimientos no tienen nada que ver con la pimienta negra (Piper Nigrum) la cual es originaria del Asia tropical. La palabra "pimiento" es una expresión confusa y malentendida con la cual se le ha apodado a este fruto ancestral, y que ha sido encajada equivocadamente en las culturas populares por más de 500 años, y que ahora no se puede cambiar. Este fruto poco característico, maravilloso y antiguo se debería llamar Chile. ¡Los Aztecas lo bautizaron así! ¡Este fruto nació en el corazón de la Terra Firma Azteca como chile! Desde épocas primordiales, los chiles han sido elementos fundamentales en las vidas de los aborígenes que los utilizaron como alimento y medicina. Toneladas de estos pimientos fueron encontrados en el valle Azteca de Tehuacán, donde fué erigida la ciudad que lleva su nombre (Tehuacán) alrededor del año 8500 A.C. - hoy la ciudad de Puebla, México. Los pimientos encontrados en el territorio Azteca fueron fechados con más de 9.000 años de antigüedad, ¡así que por favor llámenlos Chiles como lo hicieron correctamente los Aztecas en la antigüedad!

Para que usted tenga conocimiento, entre las ruinas de la profundamente arraigada ciudad de Tehuacán también fué encontrado el fósil arqueológico de maíz más antiguo que se conoce hasta la fecha.

La próxima vez que usted esté a punto de comerse cualquiera de estos majestuosos “pimientos” preparados en la forma que sea, por favor antes de devorar esta magnífica planta obsérvela por unos momentos con una sentida emoción, y nostálgicamente recuerde el largo y sufrido viaje de más de 9000 años que este prodigioso pimiento toleró para ser servido en vuestras espléndidas mesas. Por mi lado, cada vez que visito a mis amigos en Chile me como un glorioso e idílico caldillo de ese estupendo representante de la familia de las gimnótidas, la anguila (Electrophorus electricus) a la cual nosotros llamamos "congrio", con una generosa y valiente porción de Chile Habanero porque ahora ya soy un veterano más curtido, de un aguerrido estomago, y habituado al ají; y además, ya no tiro besitos.

“Los Aztecas le temen a sus dioses, sus dioses le temen al Chile Habanero”.
- Moctezuma.

El Loco